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Sábado 3 de agosto de 2013, Alto Rey.

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El vuelo tiene estas cosas, los mejores vuelos te los sueles dar cuando menos te lo esperas, o por lo menos así es en mi caso. Estás esperando los nueve días del Campeonato de España con toda la ilusión del mundo y hasta el último detalle preparado para hincharte a volar y pasan de largo sin grandes alegrías. Te levantas la mañana de un viernes pensando que no vas a volar ese fin de semana y al día siguiente te pegas el vuelo del año.

Tenía muchas ganas de retomar el blog con un vuelo que mereciese la pena contar. El último que me di en el Open de Pedro Bernardo estuvo muy bien, pero con tanto lío de tracks, livetrackers, clasificaciones, fotos y demás se me pasó el arroz y al final no escribí nada.

Pero este sí lo tengo que dejar relatado porque ha sido uno de los vuelos más bonitos que me he dado nunca. Uno de esos que por mucho que te esfuerces no hay forma de aterrizarlo y que te hace estar volando durante días.

Como decía antes, hasta bien avanzado el viernes no pensaba volar ese fin de semana. En estas fechas tenemos en mi familia la friolera de cinco cumpleaños (entre ellos el mío propio) y habíamos quedado en Muriel para celebrarlos todos juntos del tirón. Como de costumbre el día elegido para soplar las velas era el domingo, lo que dejaba el sábado como un día tontorrón en el que si estaba bueno lo iba a pasar muy mal en tierra. Había que intentar un Alto Rey, que tanto se me estaba resistiendo este año (3 alicatazos de 3 vuelos era mi triste balance allí en este 2013).

La previsión era de cielo azul sin nubes y viento fuerte de suroeste. Podría ser mejor, pero tampoco era mala del todo. Llamadita al tío Gabi, a ver si anda por aquí y se anima a un Alto Rey… no logro hablar con él y comienzo a pensar que con ese viento y yo sólo quizá sería mejor una Muela. Pero según miraba la previsión de los vientos en La Muela suena mi móvil… ¡¡¡era Gabi!!! Sabiendo lo poco que pierde el tiempo este pedazo de volón si me llamaba era porque existían muchas posibilidades de que mi plan le cuadrase. Y así era. Quedamos sobre las doce del sábado en la fuente de Bustares para pillar agua e intentar buscar alguien que nos pudiese hacer la recogida.

Ya en Bustares me di cuenta de que no tenía ni la cámara de fotos ni las botas de vuelo. Por suerte las chanclas que llevaba me ajustan bastante bien al tobillo (que nadie se confunda, ha sido mi primer y espero que último vuelo con chanclas). Además las fiestas de Veguillas complicaron un poco el tema de la recogida: a las 12 de la mañana gran parte de la juventud bustareña estaba durmiendo la mona. Finalmente pudimos ponernos de acuerdo con Juan Martín, al que despertamos y por supuesto quería seguir descansando un rato, pero que nos dijo que iría a buscarnos por la tarde si los dos nos marchábamos. Con agua y recogida salimos pitando hacia el despegue.

Llegamos arriba a la una en punto y desde el coche el viento ya parecía un pelín pasado. Bajamos hasta la zona desde la que solemos despeguar y efectivamente entraban rachas bastante fuertes, pero también había ratos mantenidos en los que bajaba bastante la intensidad. Dudamos. Teníamos claro que para volar había que montar rapidito y salir cuanto antes, ya que a las dos la cosa estaría bastante peor, y a las tres imposible. Gabi se decanto por el no. Yo pensé en que si no volaba ese día me tiraría casi un mes sin volar, desde el 26 de julio hasta, como pronto el 19 de agosto que volvemos de vacaciones… me decanté por el sí.

Con la colaboración de Gabi que me trajo arnés, cartera y fruta del coche a la una y media pasadas estaba listo para salir… o al menos eso creía yo. Esperamos una racha floja, que empezaban a escasear, para dar la vuelta a el ala, y tras hacerlo me di cuenta de que el vario… ¡estaba en el coche! Con las rachas que entraban preferí volver a colocar el ala de espaldas al viento. Gabi fue por enésima vez al coche, pusimos el vario y, tras esperar otro rato a que bajase el viento, dimos por segunda vez la vuelta al ala.

Estaba un pelín cruzado de la derecha, de oeste, sobre todo cuando soplaba más fuerte. Decidí salir desde la izquierda, que está un poco mejor para esa dirección del viento. La cosa ya se había invertido, las rachas fuertes ahora eran las que se mantenían bastante tiempo, siendo las flojas cada vez más cortas. Tras un cañonazo que parecía no tener fin llegó un momento algo más tranquilo que aproveché para despegar sin demasiados problemas. Una vez en el aire, mantuve el ala picadita hasta que me alejé un poco de la montaña.

De primeras me fui a los cortados de piedra que están a la izquierda de la ermita. Un montón de buitres despegaron al verme llegar y me sirvieron un poco de referencia. Como el viento estaba cruzado la ladera, que casi nunca funciona en el Alto Rey, funcionaba especialmente mal. Casi todo el cortado estaba en fuga, y la parte mejor enfrentada estaba bastante movidita por el sotavento de la ermita. Inicialmente perdí bastantes metros pero luego poco a poco los fui ganando, sobre todo haciendo ochos ya que cerrar los giros por debajo de los cortados no era algo apto para cardiacos. Tras remontar unos cincuenta metros por encima de la cuerda decidí saltar a la ermita y la zona del despegue para ver si allí la cosa estaba un poco mejor.

Y bueno, un poco mejor estaba porque no había sotavento, pero cerrar los giros era complicado y desagradable por la fuerte deriva. Al ver a Gabi, que se había subido hasta la ermita, pensé que su decisión había sido la acertada, que volar para estar como yo estaba no terminaba de merecer la pena. Pero yo ya estaba allí arriba y tenía que exprimir hasta la última opción de ese vuelo, así es que en cuanto me vi con un pelín de altura decidí probar suerte en la ladera del cuartel, posiblemente la mejor enfrentada de todas.

Pero tampoco hubo demasiada suerte allí. Sólo en el cuartel propiamente dicho se subía bien, pero la deriva era brutal y en cuanto te descuidabas te metías demasiado atrás y en fuga de sur o de oeste. Probé de nuevo suerte por la ermita y más de los mismo, incluso peor, porque el viento estaba cada vez más fuerte. A los cortados de la izquierda decidí no volver porque con una ración de sotavento ya había tenido bastante. Volví a la ladera del cuartel y tras comprobar que la cosa iba cada vez a peor decidí salir valle.

Me costaba tanto penetrar que yo creo que no hubiese llegado ni al pueblo. Enfilé hacia la campa de detrás del frontón, la más cercana, y cuando estaba buscando el tirador de la cremallera para abrirme el arnés me entró por la derecha la térmica que lo cambió todo. La térmica que hizo que ese vuelo pasase de ser uno para olvidar, a uno para recordar siempre. La térmica que hizo que Gabi repentinamente pasase a pensar que quizás tenía que haber montado conmigo, y que yo pasase a pensar que después de todo ese vuelo podría llegar a tener sentido.

La térmica no era especialmente fuerte, en torno a dos metros por segundo, pero derivaba mucho menos que las que intenté girar en la cuerda. Con el nuevo casco cuando giro a derechas me cuesta oír el vario en determinados momentos, pero creo que la ascendencia era bastante constante durante todo el giro. No tardé en ponerme a la altura del despegue. La deriva me iba acercando a la ermita y cuando llegué a su vertical ya estaba por encima de los 2000 metros, unos 200 por encima. En ese punto comenzó a derivar más y me salí un poco de ella, momento que aproveché para invertir el giro y comenzar a girarla a izquierdas. La volví a centrar rápidamente, pero efectivamente la deriva me estaba llevando rápidamente hacia atrás.

En ese punto tenía que decidir si seguía derivándola metiéndome demasiado atrás, o la soltaba en ese punto en el que todavía podía volver a la cuerda. Gabi seguía en la ermita, observándome. En realidad a él le iba a dar lo mismo recogerme por el norte que por el sur, eran unos cuantos kilómetros más de coche pero eran sólo las dos y media de la tarde. Así es que decidí seguir girándola todo lo que diese de sí y tirarme hacia atrás en cuanto dejase de ganar metros con ella, lo que ocurrió cuando tenía algo más de 2400 metros y estaba en la vertical del pequeño monte que hay detrás del Alto Rey.

Me tiré hacia atrás viento en cola, inicialmente con la idea de tirar hacia Atienza. Antes de despegar había activado Soria como baliza directa con la función “Go To” del Compeo. Para dirigirme hacia Soria tenía que modificar mi rumbo girando un poco hacia la izquierda, y para ir hacia Atienza justo lo contrario.

Era muy posible que llegase de planeo a Atienza, pero tenía la sensación de que iba a llegar allí muy bajito como para remontar cómodamente, y las campas que veía cerca de un pueblo que había de camino no me terminaban de convencer.

Sin embargo hacia la izquierda tenía cerca otro pueblo, Ujados, aparentemente “aterrizable” en cuyos alrededores seguramente habría alguna térmica esperando a que mi LiteS “guindilla” y yo la hiciéramos compañía. Opté por esta segunda opción descartando Atienza como baliza intermedia y planteándome ir en línea recta hacia Soria. Para llegar el Compeo en ese punto me decía que nos quedaban 77 kilómetros por delante… ¡casi nada!

Nada más cambiar el rumbo hacia la izquierda, bastante antes de llegar a Ujados, nos encontramos con una termiquilla muy flojita pero a la que me enganché con la esperanza de que fuese ganando fuerza poco a poco. Y lo hizo, pero muy poco a poco, y la deriva nos fue llevando hacia los cortados de los molinos. A unos 2400 de nuevo la perdí o se acabó y continué hacia los cortados que ya tenía muy cerca. Nada más a su vertical el vario comenzó a pitar de nuevo, esta vez más alegre, y pronto estábamos a 2800.

Con esa altura seguimos “Camino Soria”, pero al poco de comenzar la transición trincamos otra térmica y por su puesto decidí entretenerme un poco allí con ella. La deriva tenía la orientación perfecta y el paisaje lo merecía. Teníamos al norte una grieta de unos cien metros de profundidad que serpenteaba a lo largo de varios kilómetros, con un pueblo, Torrevicente, impresinante en medio de uno de sus barrancos. Ganamos algo más de cien metros con esa térmica volviendo a estar por encima de los 2700, y nada más dejarla llegó otra casi de forma casi idéntica, y después de esta otra similar, algo más flojilla esta vez, y nos quedamos a unos 2600. Estábamos ya en el comienzo del barranco por el noreste, con otro pueblo situado justo en las pendientes de su entrada, Lumías.

En este punto dudé por donde continuar. Hacia Soria había un montón de kilómetros bastante desolados con pocas señales de civilización, sin carreteras, todo caminos de tierra y eso sí, campas para aterrizar sin problemas en cualquier punto. La recogida por allí podría llegar a ser bastante simpática, tanto para Gabi como para mí. Por otro lado a nuestra derecha, muy cerca, estaba Arenillas, un pueblo grandecito con campas, carretera y seguramente un buen bar. Pero tenía altura, iba viento en cola, y la aventura es la aventura. Fui optimista y decidí tirar por la tierra inhóspita, con un poco de suerte podríamos llegar hasta un pueblo que veíamos en el horizonte, y con un poco de suerte más no estaría abandonado.

Comenzamos el planeo hacia Soria con una descendencia que me hizo comenzar a estudiar la zona de cara a hacer lo menos complicada posible la recogida. A nuestra izquierda volvíamos a tener otro barranco que, como no, tenía en una de sus cuestas un pueblo perfectamente mimetizado con el terreno que le rodeaba, Cabreriza. Era una chulada desde el aire y aunque se veía un coche estaba claramente abandonado. Ya en ese punto la mejor opción de cara a la recogida era seguir por encima del camino de tierra que venía desde la carretera que estábamos dejando atrás.

Más o menos a la altura de Cabreriza, con unos 1700 metros, nos encontramos con una térmica que empezó muy flojita pero que acabó batiendo casi todas las marcas del vuelo. Más de media hora de reloj estuvimos girando en ella hasta alcanzar el techo del día, cerca de los 3000 metros, y con su deriva avanzamos unos 20 kilómetros atravesando el pueblo aquel del horizonte y el mismísimo río Duero. El pueblo del horizonte era Casillas de Berlanga, donde llegamos con 2200 metros de altura, y en la continuación de la carretera que pasaba por él hacia el noroeste, reconocí perfectamente la muralla, el castillo y el barranco de Berlanga de Duero, donde aterricé el año pasado (aunque aquí voy poniendo los nombres de los pueblos, en vuelo sólo reconocí Atienza, Berlanga y Soria). Unas docenas de giros más al noreste llegamos a un punto donde teníamos delante el río Duero, que nos recibió mejorando notablemente la calidad de la térmica y nos alzó hasta casi los tres mil metros de altitud.

Con esa altura y una sonrisa en la cara que se me salía del casco enfilé de nuevo hacia Soria. Aunque en mi rumbo no había muchos problemas de aterrizajes tenía que atravesar una cuña de un bosque inmenso que tenía a mi derecha. No parecía complicado con esa altura, pero si me entraba cualquier cosa que me ayudase no le iba a hacer ascos. Había perdido sólo trescientos metros cuando, teniendo a mi izquierda Fuentepinilla, comencé de nuevo a girar una cosita con la que, aunque no ganábamos mucho, avanzábamos poco a poco gracias a la deriva, haciendo la cuña del bosque cada vez más franqueable. Así, dando giros, sobrevolamos La Seca. Llegados a un punto en el que ya no había más que rascar nos pusimos de nuevo viento en cola.

El pueblo más cercano era Quintana Redonda. Era un pueblo bastante grande y tenía campas muy buenas, pero implicaba desviarme un poco a la derecha según el vario. En línea recta hacia Soria, que por fin veía en el horizonte, tenía un pueblecito muy pequeño metido en un barranco chulísimo, y aparentemente también tenía campas más o menos buenas. El pueblo era Las Cuevas de Soria, y no me pude resistir a la tentación de sobrevolarlo. Con esa transición alcancé el punto más bajo de todo el vuelo, en torno a los mil “quini”, y allí viví uno de los momentos más bonitos del vuelo.

Lo típico: según me acercaba a las inmediaciones del pueblo por fin salgo del agujero del que venía y el vario comienza a pitar tímidamente. Voy tanteando aquello sin mucha fe pero en la vertical del pueblo parece que la cosa se anima. Sin embargo no logro girarla bien y sigo sin terminar de ganar metros con aquello. Al norte del pueblo unos cortados de piedra me estaban mirando. Además de ser una zona preciosa aquello se tenía que estar calentando más que su entorno sí o sí. Decidí dejar esa térmica con la que no perdía mucho, pero tampoco ganaba nada, y tirar hacia los cortados en busca de algo mejor.

Y aquello funcionó. No inmediatamente, pero allí en seguida encontré algo muy similar a lo que tenía en la vertical del pueblo, pero con un paisaje todavía mejor y sobre todo mucho más prometedor, porque a esta si le iba notando una pequeña mejoría con cada giro y, aunque muy lentamente, estaba ganando metros. No terminaba de dispararse, pero con aquella alturilla que estaba ganando ya le estaba dando vueltas a saltar hasta el siguiente pueblo. Pero de repente… ¡buuuuuuuuuuuuuum! ¡Aquello disparó con un más tres que a mí me sabía a más ocho! ¡Soria! ¡Soria! ¡Soria! ¡Soria!

Y no me equivocaba, porque después de aquello llegar a Soria fue un auténtico paseo. Y eso que ni siquiera logré ganar la altura que esperaba con esa térmica. No sé si la perdí o se acabó, el caso es que con algo más de dos trescientos dejé de ganar altura y puse rumbo hacia una laderita muy prometedora que tenía tirando directamente hacia Soria. Era una ladera con poca altura y poca pendiente, pero buena orientación tanto para el sol como para el viento, y tenía un pueblo con carretera y campas, Camparañón. Pero funcionaba y en cuanto nos acercamos por allí el vario comenzó a pitar. La deriva era un poco más de sur-sureste, desviándonos ligeramente de nuestro rumbo, pero me preocupaba poco porque con los dos mil metros que tenía y la altura que ganase con ella ya podía saltar la ladera y acercarme, sino llegar, a Soria.

Cuando llegamos a los 2500 decidí dejarla y avanzar hacia Soria. Al hacerlo ocurrió algo curioso: no perdía altura porque había térmicas por toda esa zona. Llegaba a Soria de planeo pero con esa altura me parecía un desperdicio aterrizar allí, y para la recogida me parecía mucho más limpio aterrizar en un pueblo. Delante pasado Soria, quizás demasiado cerca, tenía Garray. Seguí girando, derivando y perdiendo las cositas que me encontraba, siempre en torno a los 2500, dejando Soria a mi derecha, sobrevolando primero Carbonera de Frentes, Fuentetoba y sus cárcavas, muy muy chulas, llegando con esa altura a la vertical del aeródromo de Soria. En ese punto nos cruzamos con una térmica más generosa que las anteriores que nos elevó por encima de los 2700. Gozadón.

En este punto Garray ya estaba más que superado como objetivo y tenía dos opciones, ambas con montañaca seria en plan “meta” de fondo. Una era seguir manteniendo la dirección que había llevado durante todo el vuelo, donde veía pocos apoyos. La otra era desviarme un poco hacia el norte apoyándome en unas laderas que tenían pinta de estar funcionando. Opté por esta segunda ruta, aunque en realidad en ese momento me notaba ya desconcentrado de pura satisfacción, con mi subconsciente pensando en quemar esos metros con un largo planeo viento en cola hasta donde diesen de sí, y analizando cual sería el mejor pueblo en el que aterrizar.

Las laderas no me funcionaron, pero como digo lo más probable es que no pusiera en ellas todo el interés que merecían. Unos molinos en unos cerros por encima de Garray (posiblemente el mejor objetivo de primeras si hubiese estado más atento) me indicaban un viento de sur-suroeste en tierra. Enfilé en esa dirección sobrevolando los cortados en los que acababa la ladera y un pueblo, Espejo de Tera, metido allí debajo. Por delante tenía dos pueblos, Sepúlveda de la Sierra y Cubo de la Sierra, que me parecían un poco escondidos para la recogida, y con campas de dudosa inclinación. Por otro lado, si giraba a la izquierda y seguía hacia el norte tenía carreteraca, campas muy buenas y abundantes, y tres pueblos: el primero Tera, y unos kilómetros más allá, pegados, Almarza y San Andrés de Soria.

Llegué a Tera ya con poca altura, pensando seriamente aterrizar allí mismo. Sin embargo tenía todavía algo de altura y encima del pueblo me pitó algo y con la cantidad de campas que había decidí alargar aquello un poquito más. La térmica no me dio mucha confianza y la dejé enseguida, pero en lugar de aproximar para aterrizar allí seguí por encima del río Tera con la esperanza de que se desprendiese algo por el camino hacia los siguientes pueblos. Si no ocurría podía aterrizar en cualquiera de las campas que tenía a mi derecha entre el río y la carretera.

No ocurío, pero avancé rápidamente y no tardé en llegar a Almarza y San Andrés. Para aterrizar me gustaba especialmente un prado abierto que había al norte de San Andrés, pero tenía que sobrevolar el pueblo y tenía ya sólo unos 50 metros sobre el suelo. Además me daba la impresión de que estaba ligeramente cuesta abajo. Preferí asegurar y aterrizar sobre alguna de las campas que había antes de Almarza junto a la carretera. En ese momento vi, justo allí entre los dos pueblos la primera y única sombra de nube del vuelo.

La campa que estaba más pegada a Almarza, justo delante del cementerio, no estaba del todo mal. En la zona de aproximación tenía una fila de chopos que partía de la carretera y terminaba en la entrada del cementerio, el cual podía utilizar como entrada a la campa. Había un tendido en el lateral opuesto a la carretera, pero al final de la campa, bastante alejado de la aproximación, y también un buen puñado de pacas de paja repartidas por la misma, pero con suficiente espacio entre ellas para tomar sin problemas.

Sobrevolé el cementerio y las pacas avanzando por la campa con unos 20/30 metros buscando por delante alguna opción mejor de última hora. La siguiente campa tal y como iba tenía vallas y no me terminaba de gustar. Hice un tres sesenta hacia mi izquierda para perder altura encima del cementerio, continué un poco más el giro hacia la izquierda para llevar mi senda final hacia un hueco entre las pacas, giré a la derecha para enfilar por el hueco que tenía en mente, y planeé por él según lo había visualizado. Había vientecito y estaba bien enfrentado, lo que nos permitió terminar el vuelo con tres o cuatros pasos acompañados de un empujocito suave.

A pesar de no haber escuchado en ningún momento contestación de Gabi yo había seguido dando mi posición en distintos puntos del vuelo, incluída la salida desde Soria hacia el norte con 2700. Por suerte él a mí si que me había oído en varios puntos del vuelo, y cuando hablé con él ya estaba en Almazán. Decidí llevarme el ala y el arnés en dos viajes hasta la entrada del cementerio donde tenía la sombra de los chopos, lo que me llevó unos 10 minutos. Me puse a desmontar sin entretenerme en nada más, y cuando todavía estaba quitando sables Gabi apareció por allí… ¡impecable!

Entre risas y cerves, como sabíamos que en Piter el día no había sido ninguna maravilla, Gabi mandó su ubicación a Carlos “parapen” así tal cual, sin más explicaciones. Carlos sabía que los dos habíamos ido al Alto Rey y lo demás lo dejamos en manos de su imaginación. Con su respuesta totalmente despistada nos echamos otro puñadete de risas, y brindamos por los buenos vuelos con el sabor agridulce de no haber podido disfrutar de aquel girando juntos.

Gabi no tardo en darse cuenta de algo que tenía estudiado en las previsiones pero que allí pudimos ver “in situ”. Aunque en el pueblo seguía entrando un sur-suroeste de unos 15km/h, justo en la cima de las montañas que teníamos al norte, a menos de 10km, había unos molinos que estaban moviéndose a toda leche orientados de… ¡¡¡noreste!!! Y claro, también teníamos abundantes nubecitas que dibujaban la convergencia de vientos en toda esa zona, entre las que debía encontrarse la que vi justo antes aterrizar. Alucinante, habrá que tenerla en cuenta en futuras expediciones desde el Alto Rey.

De vuelta a Bustares decidimos hacer camino y comer en Atienza para estar más cerca de nuestro destino. Y Atienza está cerca de Bustares siempre y cuando no te equivoques de carretera y bajes hasta Jadraque, qué es lo que me pasó a mí en pleno entusiasmo dando por hecho que conocía aquella zona. Pero bueno, Gabi, su paciencia infinita y su agradable compañía hicieron de esa hora extra de palique en coche una forma como cualquier otra de prolongar ese gran día de vuelo que en gran parte le debo a él… ¡muchas gracias compañero!

Track del vuelo

Domingo 15 de julio de 2012, Alto Rey.

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Tenían que pasar casi 20 años para que se cumpliese el sueño que me llevó a comenzar a volar: sobrevolar Muriel. En más de una ocasión he comentado mi obsesión por acercarme a esta zona, salvaje y bonita como ella sola, que tantos recuerdos tiene para mí. Muchos veranos bañándome en las aguas del Sorbe, dejándome caer con la bici por sus carreteras empinadas, jugando al rescate por las calles del pueblo, dando largos paseos río arriba, hacia el Pozo de los Ramos o río abajo, hacia el Pantano de Beleña (o antes, hacia la Ermita que este tapó).

Precisamente fue yendo y viniendo a este pueblo cuando, al pasar entre Humanes y Cerezo de Mohernando, veíamos mosquitos gigantes en el cielo de un cerro. Los mosquitos resultaron ser alas delta pilotadas por personas, y más tarde pude saber que el cerro era La Muela, una de las cunas del vuelo libre.

El fin se semana no tenía muy buena pinta a priori, pero siendo mediados de Julio no había que tirar la toalla hasta el final. El sábado daban oestes moderados y en el Alto Rey estaría demasiado cruzado para salir. El domingo daban vientos muy flojos de noreste por la mañana metiéndose, muy muy flojos en las horas centrales del día, girando a noroeste moderado por la tarde. O sea nortes, pero cero a mediodía.

Con esa previsión y teniendo que elegir por motivos familiares solo uno de los dos días, opté por arriesgarme y apostar directamente por el domingo. Es más seguro apostar por el sábado, ya que si sale malo siempre puedes lloriquear para ver si te dejan probar suerte también el domingo. Pero decidí jugármela, relajarme y disfrutar del sábado con Sara, mis padres, mi abuela y, principalmente, jugando con mis hijas.

Tenía claro que si existía alguna posibilidad volar ese domingo en el Alto Rey no podía tostarme, así es que me levanté temprano, desayuné a lo bestia para olvidarme de comida hasta después del vuelo, viendo que la previsión no había cambiado mucho y que, tal y como esperaba, con esos vientos en Barajas los aviones estaban entrando por el sur (con esa configuración es bastante raro que un avión sobrevuele el Alto Rey y la zona del Ocejón).

Puse rumbo a Bustares y pronto pude ver que a esas horas en el Alto Rey ya se estaban formando cúmulos muy chulos. Al llegar coloqué una manga en la campa “de las afueras” y otra en la campa de “las adentros”, que utilizan normalmente los parapentes y que con viento de suroeste o noreste es una buena opción también para las alas.

A las doce y poco estaba en el despegue. La manga estaba de sureste, pero una cinta colocada en uno de los postes rojiblancos para la nieve que hay a los lados del camino estaba de noreste. Bajé del coche y al acercarme hacia el despegue entraba una racha con la que se podía salir perfectamente, un poco cruzada de la izquierda pero válida. Al volver al coche para bajar el ala me asomé por la cara norte… y allí también estaba entrando bien, cruzado de la derecha, pero bien. Resumiendo, estaba de este muy flojo y subían rachas térmicas por ambos lados de la montaña. En aquel momento aquel era el único punto de la sierra en el que se estaban formando y deshaciendo cúmulos constantemente. Había que montar y salir antes de que las rachas se definiesen de atrás, como estaba previsto.

Mientras montaba subieron tres moteros y una pareja con un niño y una niña. Los moteros se quedaron conmigo pero la familia se subió a ver la ermita. Los moteros se fueron pero la familia, que bajó de la ermita cuando estaba terminando de montar se quedaron a verme despegar, y si lo finalmente lo hacía me bajaban el coche a Bustares (¡gracias!).

Ya colgado y preparado para salir el viento estaba prácticamente a cero, y cuando entraba alguna racha era muy cruzada de este. En un par de ocasiones miré una lomita que hay más a la derecha, más allá de la manga, mejor orientada aparentemente para ese viento. Pero no era el momento para experimentos y preferí correrla desde donde estaba cuando me entrase medianamente enfrentado. El problema era que cuando estaba medianamente enfrentado era con muy poca fuerza, y bueno, había que echarle valor para salir así. Se lo eché y a punto estuve de arrepentirme.

Según el vario era la una y veinte cuando finalmente corrí todo lo que pude y el ala comenzó a volar, pero lo hizo planeando muy cerca del suelo. Además se orientó hacia el viento girando un poco a la izquierda haciendo que el plano izquierdo llegase incluso a rozar ligeramente con algún arbusto. Yo ya tenía las manos en la barra de control y para corregir el rumbo empujé a tope echándome hacia la derecha y el ala, sin hacer ninguna brusquedad, giró suavemente a la derecha se alejó de la montaña. Y yo respiré sin entender muy bien como había podido salir así de bien de aquella situación. Posiblemente no teníamos velocidad suficiente para que ese empujón tuviese mayores consecuencias. O quizás la Litespeed es una pedazo de madre y me salvó de una buena torta.

En definitiva, sustazo de los buenos, que espero que al menos me sirva para no volver a hacer algo así nunca más. Cometí el error de dejarme llevar por la presión de la familia, que llevaba bastante rato esperando a que despegase. Estuve a punto de dar la vuelta al ala, darles las gracias y decirles que no me bajasen el coche, pero al final por aprovechar su ofrecimiento estuve a punto de hacerme daño.

Ya en vuelo, después del obligado resoplido, lo primero que pensé fue: “mamón, por lo menos haz que este susto haya valido para algo”. E inmediatamente después entramos en una térmica bastante agradable que me ayudó a hacer borrón y cuenta nueva… ¡a girar! Aunque era relativamente pronto la cosa ya estaba funcionando de maravilla y enseguida llegué a la nube.

Puse rumbo hacia la cuerda que hay entre el Alto Rey y el Ocejón que baja de norte a sur desde Aldeanueva de Atienza hasta La Nava de Jadraque, pasando por El Ordial y Arrollo de las Fraguas. Entre estos dos últimos pueblos, hace poco descubrí una campa que desde el suelo tiene bastante mejor pinta de lo que parece desde el aire. Tiene una gran encina en medio, pero alrededor de ella hay espacio suficiente para tomar casi en cualquier dirección (de este es estrecha y ligeramente cuesta abajo). Esa zona aparece en los mapas como El Rorró.

Encima de Arrollo de las Fraguas trinqué una cosa suave que fui derivando hacia atrás, llevándome hacia el norte y hacia a la vertical de la cuerda. Se estaban empezando a formar unas nubes en su parte más alta (y bonita), a la altura de Aldeanueva de Atienza, por lo que decidí ir adentrándome según iba ganando altura, tranquilo sabiendo que si la cosa se torcía podía llegar sobrado a la campa de El Rorró.

Pero no hizo falta. Cuando pensaba que esas nubes no estaban funcionando todo lo bien que a mi me hubiese gustado me enganchó un pepinazo que era incapaz de girar sin que en un punto del giro me levantase el plano hasta colocarme el ala prácticamente vertical. La perdí antes de llegar a la nube pero ya muy cerca de ella. Con esa altura desde ahí veía claro, y el vario me confirmaba, que podía “saltar” el Ocejón. Así es que puse rumbo Valverde de los Arroyos, sobrevolando La Huerce y Umbralejo y el nacimiento del río Sorbe, un sinfín de meandros en una zona preciosa pero eso sí, sin campas de ningún tipo en muchos kilómetros a la redonda.

Y antes de llegar a Valverde, aunque muy posiblemente podría haber pasado por encima del Ocejón sin problemas sin necesidad de girar nada más, me rajé. Hay que tener el corazón de un caballo para hacer ese salto. Tenía altura suficiente, el viento perfecto, y ahora tengo claro que además por el camino hacia el Ocejón me habría encontrado con buenas térmicas… pero no me atreví a terminar esa aventura. Así es que puse rumbo sur hacia La Nava de Jadraque sobrevolando la cara oeste de la cuerda por la que había subido. Primer intento fallido, todavía habría algunos más.

Al terminar la cuerda, justo antes de llegar a La Nava de Jadraque, el vario comenzó a pitar. Otra térmica guapísima con la que gané bastante altura pero que perdí antes de hacer techo. Con la altura que gané tiré hacia el Cerro Santotís (1560m) desde donde esperaba volver a trincar, y quizás, si ganaba la suficiente altura, saltar hacia Tamajón.

Antes de llegar a la vertical de Santotís entré en una zona en la que parecía cocerse algo, así es que me quedé por allí tanteándola. No tuve suerte y finalmente, ante la ausencia de campas por allí retrocedí de nuevo hacia el cerro que hay entre La Nava y Semillas, el Cerro Mermequero (1495m). Ese fue mi segundo intento fallido.

El Cerro Mermequero funciona de maravilla, por ahora no me ha fallado nunca. Llegué a su vertical con unos 200 metros sobre él y pepinazo. Estaba empezando a descartar llegar a Muriel y me planteaba coger al menos altura suficiente para volver a Bustares. Pero finalmente me subió lo suficiente como para que me animase a volver a probar suerte al Cerro Santotís. Esta vez me acerqué mucho más su vertical, pero no trincaba nada por allí, y de nuevo me puse nervioso por la ausencia de campas y volví hacia atrás. Tercer intento.

Volviendo, justo al atravesar la zona que en la segunda intentona había notado caldeadita, trinqué algo que parecía ya más prometedor. Sin embargo me costaba mucho centrarlo y a ratos subía bien, a ratos muy poquito. Gané bastante altura con ella, unos 800 metros, pero ya sí que estaba cansado de rondar Santotís y puse rumbo Alto Rey para cerrar el vuelo.

Sin embargo, a veces basta que uno tire la toalla para que de repente todo se de la vuelta. Poco después de poner rumbo a las campas de Bustares me entró otra térmica con la que gané 500 metros más, y con esa altura pensé, “venga, el último intento”.

La transición hacia la vertical de Santotís la hice perdiendo muy poca altura y poco después de pasarla adentrándome en la Sierra Gorda el vario comenzó a pitar de nuevo. Unos giritos con los que gané 300 metros y lo mejor, me derivaron de noreste, acercándome más a mi objetivo. El vario me decía que con esa altura llegaba a Tamajón con 900 metros, y ya no lo dudé… ¡¡¡adelante!!!

En esa transición con el viento aparentemente en cola el vario en ocasiones me decía que llegaba a Tamajón con más de 1000 metros, así es que me relajé del todo y en lugar de dirigirme hacia Tamajón cambié mi rumbo un poquito hacia la izquierda, para sobrevolar Muriel, mi viejo sueño.

Y allí estaba, disfrutando como un enano, porque encima aquello era una fiesta de térmicas potentísimas con las que me adentré un poquito en el pantano. Una pasada. Ahora me arrepiento de no haberme quedado un poquito más por allí y haber puesto tan rápido rumbo hacia Tamajón. Por el camino girito sobre Sacedoncillo para volver a verlo todo… guapísimo.

Si no trincaba nada el vuelo ya había sido un éxito. Desde allí estaba viendo Retiendas, el Pantano de El Vado, por el norte todo el valle hasta Majaelrayo, por el sur La Mierla, Beleña y al fondo La Muela. En Tamajón hay campas muy buenas y en mi casa estaba pasando el día mi hermano, que subiría a por mí encantado, y por supuesto disfrutaríamos de unos botellines de esos que saben a gloria. Pero en la vertical de Tamajón había una térmica muy muy guapa esperandome, con la que gané unos 800 metros… y claro pensé: “y si vuelvo al Alto Rey?”.

Puse rumbo hacia Almiruete, otro pueblo precioso, y como no podía ser de otra forma, en la vertical del Pozo de los Ramos, trinqué otra térmica. El vario me decía que llegaba a la campa de La Nava de Jadraque con 1000 metros de altura… ¡¡¡adelante!!!

Sin embargo esta transición no fue tan gozosa. Según avanzaba hacia La Nava el vario iba quitándole metros a su estimación inicial: 900… 750… 600… y campas en ese tramo, cero. Bueno cero no, hay algo que no me atrevo a llamar campa una en una zona llamada El Llano de la Choza, que precisamente para ese viento ofrecía su mejor versión (alargada de noreste a suroeste, con pendiente en contra hacia el noreste, de donde parecía soplar el viento).

Pero no me hizo falta, por el camino me encontré un cero que, dadas las circunstancias decidí girar. Poco a poco fue ganando fuerza y con ella fui ganando altura suficiente para llegar sobradamente a La Nava. Próximo objetivo: Bustares.

Curiosamente la última térmica había comenzado derivándome de sureste pero rápidamente comenzó a hacerlo de suroeste, así es que enseguida gané la vertical de La Nava, después la de Arroyo de las Fraguas y tenía altura suficiente para llegar a Bustares. Con ese viento y esa altura me puse como objetivo chulo llegar al despegue del que había salido. Me acerqué bastante pero según lo hacía tenía la sensación de que iba viento en cara, como si estuviese norte. Me dio cosa meterme en el sotavento y antes de llegar giré a la derecha hacia Bustares buscando las mangas que había puesto por la mañana.

La manga de la campa “de las adentros” no llegaba a verla bien, en su vertical tenía más o menos la altura del despegue. Tiré hacia la campa de “las afueras”, a la que llegué con una altura que me permitió ver perfectamente que estaba de… ¡noroeste!. Esa campa con ese viento nunca la había aterrizado y me parecía que era mucho mejor opción las que están al lado de esta más cerca del pueblo, al otro lado de los árboles. Con ese viento eran perfectas.

También estaba muy bien orientada otra en la que tomé hace un par de años que tiene un abrevadero y es ligeramente cuesta abajo hacia el suroeste, pero para el viento que había tenía buena pinta. No sabía si llegaba a esta así es que me dirigí hacia ella mirando con el rabillo del ojo las del pueblo por si veía que finalmente me quedaba corto, pero por el camino atravesé una termiquita que me permitió llegar a ella sin problemas.

Un ocho y aterrizaje fácil con un viento más fuerte que el que yo esperaba, pero manejable.

Vuelaco de 4 horas y 50 minutos con el que batía mi récord de duración y, lo más importante, cumplía un viejo sueño. Ahora toca buscarse otro… a por el Ocejón!!! 😉

Track del vuelo

P.D.: Este vuelo se lo dedico como no puede ser de otra forma, al tío Gabi, granaíno de pura cepa con el que espero volver a volar muy pronto en el Alto Rey.

Sábado 27 de junio de 2009, Alto Rey

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Prádena de Atienza

Prádena de Atienza

Sábado 20 de septiembre 2008, Alto Rey

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El último vuelo del año fue en la zona en la que, rompiendo cualquier pronóstico que hubiese podido hacer, más y mejores vuelos disfruté.

El viento estaba ligeramente cruzado de la derecha, lo que hizo que el comienzo del vuelo se desarrollara por encima de Gascueña de Bornova y Prádena de Atienza. Tras varias intentonas en las que el viento y la deriva siempre volvían a colocarme entre estos dos pueblos, finalmente logré llegar hasta Bustares con cierta altura. No mucha, pero suficiente como para llegar a las campas grandes que hay camino de Las Navas de Jadraque. Para mi sorpresa justo encima del puente trinqué una térmica bastante maja que girándola a izquierdas nos subió de nuevo a unos 2800.

Con esa altura decidí poner rumbo hacia unos prados inmensos (en la siguiente foto se ven arriba a la derecha) que hay antes de entrar en un zona con muchas curvas camino de Las Navas de Jadraque:

Las Navas de Jadraque

El rumbo lo llevaba ligeramente modificado hacia el oeste con una segunda intención. Si lográbamos ganar más altura podríamos llegar hasta La Nava de Jadraque, al lado de la carretera de Galve del Sorbe. Allí tenía controlada una campa decente, no tan buena como estos prados de Zarzuela, pero mucho mejor para la “recogida”.

El caso es que según nos íbamos acercando a la vertical de los prados me di cuenta de que con aquella altura podíamos llegar perfectamente hasta La Nava. Así es que finalmente terminé de orientar el ala hacia el oeste, quedando el Ocejón delante de nosotros, y apretamos los sables para planear hasta allí.

Por el camino sobrevolamos El Ordial y Arroyo de las Fraguas y finalmente llegamos a la campa de La Nava con altura suficiente como para buscar algo por allí.

No encontramos nada y decidí preparar la aproximación. La campa era grande pero tenía (y tiene) un árbol justo en el centro, por lo que la cosa merecía toda la atención posible. El aterrizaje fue correcto, aunque la tuve que correr y se me desvió al final un poquito a la derecha.

Y fin de temporada. En total fueron veintiún vuelos con los que la U2 160 me dejó un buen sabor de boca de cara al invierno. Me da bastante confianza en los despegues con poco viento, aunque tengo que hacer un mayor esfuerzo que con mis anteriores alas por mantener el ángulo cuando el viento es más fuerte. Girando es muy cómoda, mucho más que la Laminar ST 13 con la que tenía la sensación permanente de “colarme” en la térmica, pero sin duda no tanto como mi vieja XS, qué parecía girar sola. En las transiciones sin embargo es una gozada, un planeo más que decente sin el cabeceo que me solían hacer aquellas. En las tomas es donde la (me) pondría la puntuación más baja. Sin duda no es un problema de la cometa, sino de su tamaño para mi peso. Algo menos de vela hubiera sido lo ideal, pero creo que con el lastre la situación está más o menos controlada de cara a esta nueva temporada que se nos echa encima…

¡hola!

¡¡¡A VOLAR!!!

Sábado 9 de agosto de 2008, Alto Rey.

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Mi cuñada y yo nacimos el mismo día, el 7, del mismo mes, agosto, del mismo año, 1973. El jueves había sido pues nuestro cumpleaños y decidimos celebrarlo en familia el domingo en Muriel. Quedaba así el sábado como un día ideal para volver al Alto Rey si las condiciones acompañaban. Y acompañaron.

La calle de nubes pasaba justo por encima del despegue y hacia el sur no había ni una sola condensación hasta la A-2. Monté por encima del camino porque el terreno estaba menos seco en esa zona. Mientras montábamos llegó una pareja catalana cuyo Mercedes empezó a echar vapor por el capó al poquito de parar el motor. Según me contó Sara, intentaron bajar después con el motor parado, pero el coche así apenas frenaba y finalmente tuvieron que dejarlo en la base militar abandonada y bajar con ella hasta Bustares.

El despegue fue posiblemente el peor que he realizado hasta la fecha con la U2, o al menos el menos controlado. ¿Motivo? Como me di cuenta poco después de despegar, me había olvidado de quitar la tensión que había puesto casi a tope en el montaje. Y sumado a esto el viento estaba ligeramente cruzado de la derecha. Nada más comenzar la carrera el ala se me desvió ligeramente hacia la derecha encarándose al viento y, ante mi sorpresa, mis correcciones no modificaron para nada dicho rumbo. Por suerte no había en nuestro “nuevo” camino ningún obstáculo y despegamos sin mayores consecuencias.

La cosa estaba muy bien, enseguida nos colocamos por encima de las antenas y después de un rato rastreando la zona una térmica nos subió hasta la nube justo en la vertical de la ermita. Todo iba viento en popa de cara a conseguir mi eterno objetivo: altura casi record para mí, unos 3400 metros, y recién despegado con toda la tarde por delante (serían las tres y media, más o menos). Así es que sin más puse rumbo hacia Zarzuela de Jadraque ya que con la altura que tenía llega perfectamente hasta sus campas.

Al llegar ya tenía la mosca detrás de la oreja: el planeo hasta allí había sido plácido y agradable. No habíamos atravesado ningún tipo de turbulencia de esas que hacen pitar al vario que suelen tener una térmica más cerca que lejos. Sin embargo al llegar a Zarzuela, con unos 2000 metros, el vario comenzó a marcar una ascendencia, suave, pero algo es algo. La giré con mucha paciencia y pude ganar unos cien metros antes de dejarla en busca de algo mejor. Fue el principio de una larga estancia sobre Zarzuela.

Una estancia que rondó las dos horas y en la que estuvimos subiendo y bajando cual yoyó entre los 2000m que comentaba y los 1700m. El estancamiento básicamente venía dado por los 5 km sin aterrizajes que hay entre Zarzuela y Veguillas. En condiciones ideales, estando las campas a unos mil metros de altitud serían suficientes 1500 para llegar, es decir, 500 sobre ellas (considerando una fineza de 1:10, un metro que pierdo, diez que avanzo). Pero las condiciones no eran ideales: el viento lo tenía totalmente enfrentado, lo que me restaría avance sobre el terreno en una proporción directamente proporcional a su fuerza. Pero mi altura estaba ahí y en ocasiones pensaba que podía llegar sin dificultad y en otras que no merecía la pena arriesgarse.

Y en principio ganó el “ángel” conservador. En el enésimo regreso desde el pinar hacia Zarzuela, dos horas y pico después de haber despegado, decidí aterrizar en la campa más segura de las que había visto por allí. Pero cosas del vuelo, basta que tires la toalla para que finalmente te salga ese otro plan que tanto tiempo habías deseado.

Cuando ya estaba planteándome abrir el arnés, a unos 1200 metros, atravesamos una térmica a la que no pude decir que no. Parecía distinta, más fuerte que todas las anteriores. La giramos y la deriva nos fue desplazando de nuevo hacia atrás, hacia Zarzuela. Según ganábamos altura la fuerza iba disminuyendo y parecía más de lo mismo. Al final la sensación que me dejó es que era exactamente igual que las otras térmicas y que simplemente a esa altura, más abajo, la ascendencia era más fuerte. Pero esta nos dejó a unos 2200m en la vertical de Zarzuela. Por enésima vez pusimos “rumbo Veguillas”.

Teníamos unos 1200m de desnivel para recorrer los 6 km. que nos separaban de las campas de Veguillas. Parecía suficiente y finalmente lo fue. Llegamos unos 300 metros por encima de las campas y todavía jugueteamos por las faldas de la Sierra Gorda con alguna termiquilla antes de tomar en una de ellas. Me había metido la cámara en el arnés para hacer fotos desde el ala, pero una vez en colgado me resultó imposible sacarla. Para matar el gusanillo le hice una a la campeona allí aterrizada:

U2 en Veguillas

Después, antes de que hubiese terminado de plegar llegaron Ana y Rober con una sorpresita: Jose María. Mojamos el encuentro con unos botijos (¡a 70 céntimos!) en un (el?) bar de Veguillas.

Sábado 26 de julio de 2008, Alto Rey.

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Subimos por la mañana al despegue de Arcones y la cosa pintaba regular. El viento estaba más bien de atrás y al igual que el día anterior estaba lleno de parapentes participando en el campeonato de España. Siendo el cumpleaños de mi padre y de mi abuelo no podíamos quedarnos allí esperando a que el viento cambiase. Teníamos que llegar con tiempo a la cena en Muriel). Por otro lado las rachas que pudiesen entrar ocasionalmente serían aprovechadas por grupos de parapentes en la última o penúltima manga de competición a los que sería mejor no molestar.

Así es que decidimos ir al Alto Rey que, además de tener orientación sur, estaba a menos de media hora de nuestro objetivo final para ese día.

Llegamos al despegue pasadas las cinco de la tarde y despegué sobre las seis aproximadamente. Las rachas que entraban comenzaron a ser cada vez más flojas y tuve que hacer una larga e intensa carrera para despegar. Tras hacerlo y durante un período bastante prolongado no atravesé ascendencia alguna. Me marqué un planeo de caída en línea recta hacia el aterrizaje al que parecía predestinado inevitablemente.

Cerca de la vertical de la campa nos entró una pequeña ascendencia a la que tratamos de agarrarnos con sables y dientes. Sin embargo no terminábamos de ganar altura con ella y decidí abandonarla. Antes de abrir el arnés todavía nos encontramos con un par de ellas más parecidas a la primera, muy suaves y, bien por malo, bien por rotas, no hubo forma de sacarles mucho rendimiento.

Sin embargo ya con el arnés abierto y planteándome la aproximación final nos entró por el plano izquierdo una térmica que por inercia comenzamos a girar a derechas. El resto las habíamos girado a izquierdas. Quizás por esta aunque posiblemente por alguna otra razón, ésta térmica estaba funcionando bastante mejor que las anteriores. La deriva me estaba arrastrando poco a poco hacia la otra gran campa que hay cerca de la sierra, en las proximidades de Gascueña de Bornova, cuyo único inconveniente respecto de la “oficial” es que hay que dar más vuelta con el coche para llegar hasta ella.

Aunque tenía más fuerza que las anteriores tampoco se trataba de “un termicón” y sin haber alcanzado la altura del despegue la deriva ya me había metido prácticamente encima de Gascueña. Eso sí, parecía que se iba animando por momentos. Cuanto más arriba mayor era la ascendencia. Para cuando llegamos a la altura de lo que sería la cima del Ocejón, a unos dos mil y pico metros, cuatrocientos sobre el despegue, ya se trataba de “una señora térmica”. Un poquito más arriba, cómo no, me encontré con una pareja de buitres que nos ayudaron a mantenernos más cerca de su nucleo y meternos en la nube subiendo a más de 4 metros por segundo. Estábamos a más de 3100 metros… ¡yuuuuuuuuuuuuuhuuuuuuuuu!

Después de estar casi aterrizado es una gozada verte tan alto. Bien, pues tensión a tope y planeando hacia Las Navas de Jadraque. Era un pelín tarde para lograr hacer la ruta hasta los llanos de Sacedoncillo que comentaba en el post de mi anterior vuelo allí. Pero todo lo que nos acercásemos a Muriel sería terreno ganado. Al darme cuenta de las posibilidades reales de la altura que teníamos cambié ligeramente el rumbo hacia la derecha para tirar en línea recta hacia Zarzuela de Jadraque. Por detrás el pantano de Alcorlo y San Andrés del Congosto. A la derecha la cara de Valverde del Ocejón, el pantano de El Vado, los llanos de Tamajón y el pantano de Beleña… los rayos del sol ya camino del horizonte no me dejaban ver con claridad lo que quizá eran las casas más altas de Muriel. Además de los tres pantanos mencionados, a la izquierda, antes Siguenza, pude apreciar otros dos más cuyos nombres no conocía (Pálmaces y El Atance). Y el cielo con bastantes cúmulos, también como no en la dirección hacia la que nos dirigíamos la U2 y yo. En dos palabras: im-presionante.

Antes de llegar a Zarzuela el variómetro comenzó con su dulce melodía: “pí, pí, pípí”. Para terminar de adornar la escena a unas decenas de metros por debajo de nosotros una rapaz nos dibujaba con sus giros la térmica en la que acabábamos de entrar. Con ella nos pusimos de nuevo a unos tres mil y seguimos nuestro rumbo hacia Veguillas.

En las proximidades de Veguillas giramos cositas que parecían avisar de que al sol le quedaba poco tiempo por allí. Tenían un diámetro bastante grande pero apenas se ganaban metros. Alcancé unos 2600, 200 más que con los que había lleguado allí. Finalmente decidí poner rumbo hacia Monasterio, si bien pronto me di cuenta de que con esa altura podría llegar sin problemas hasta Arbancón. De camino dejé a la izquierda Cogolludo y Fuencemillán, y al fondo, ya más cercanos, La Muela y El Colmillo. A la derecha la sombra de la Sierra Gorda no me dejaba encontrar Fraguas, el pueblo abandonado al que subíamos con las bicicletas desde Muriel para coger “palolú” y alucinar con la bajada a toda velocidad desde allí de vuelta hasta el pueblo. No me lo podía creer, estaba allí, muy cerca de todos aquellos recuerdos.

En Arbancón giré algunas cositas suaves con las que no ganamos mucha altura pero que me sirvieron para alargar un poquito aquel dulce momento. Me di cuenta de que alcanzando allí los tres mil metros podría llegar sin dificultad a los llanos de Sacedoncillo sobrevolando Muriel.

Me dirigí hacia una campa cercana al pueblo que desde el cielo parecía perfecta para aterrizar. Al llegar tuve que echarle imaginación para encontrar la forma de entrar en la misma, ya que estaba rodeada de cerros de poca altura que complicaban la aproximación. Finalmente aterricé sin problemas en ligera contrapendiente pasadas las ocho de la tarde tras dos horas de vuelo.

De allí me recogieron mis hermanos Roberto y Ana y a las nueve estábamos en Muriel preparados para la celebración. Un día perfecto, la verdad.

Domingo 29 de junio de 2008, Alto Rey.

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Tenía muchas ganas de volver a volar en el Alto Rey. De hecho, aunque mi último vuelo allí fue hace muchos años (14, que se dice pronto), he frecuentado su despegue (en particular) y la zona (en general) en bastantes ocasiones desde entonces.

Esta primavera me alegró ver que lo que es el sitio más seguro para aterrizar (tanto por tamaño como por cercanía al despegue) no estaba sembrado. En su día tuve la mala suerte de vivir una experiencia muy desagradable en la misma de la que no pocos voladores han oído hablar. En aquella ocasión la campa estaba sembrada de trigo y el agricultor que la trabajaba rajó literalmente las cometas a dos de los amigos con los que fui a volar allí. Un tercero, Fidel, mi compañero de cursillo y con el que compartía ala por aquel entonces, estaba todavía volando y se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo. En el último momento decidió aterrizar en las jaras que rodeaban el campo. Eso le (nos) libró de acabar con el ala rajada también, pero la decisión fue bastante arriesgada ya que, además del peligro de las jaras, había montones de piedra ocultos y dispersos de un tamaño considerable (muy posiblemente procedentes del propio sembrado).

En cualquier caso mi intención si lograba darme un vuelete allí era evitar dicha campa y aterrizar lo más cerca posible de Muriel, donde estaría mi familia y objetivo que gran parte de mis vuelos (cualquiera que realice desde la Muela, el Alto Rey, Arcones y, por soñar que no sea, desde Piedrahita). Un destino bastante complicado desde el Alto Rey por lo abrupto tanto de la Sierra Gorda (que tendríamos que atravesar para llegar en línea recta) como de la vertiente sudoriental de la Sierra de Ayllón (que tendríamos para acceder siguiendo la cuerda por el norte, hasta el Ocejón). Por lo tanto mi plan de vuelo para llegar es accediendo por el sur, bordeando el pantano de Beleña, aterrizando en los llanos de Tamajón, cerca de un pueblo abandonado llamado Sacedoncillo. Algo parecido a esto:

Desde el Alto Rey hasta Muriel rodeando el pantano

En Muriel no me puedo meter ya que no hay aterrizajes seguros para un ala delta. Pero bueno, bajemos de la nube y vayamos al grano. El vuelo del domingo.

La cosa pintaba muy bien. Había estado en el despegue el sábado y entraban rachas bien orientadas y todavía parecía haber cierta actividad en el cielo (es decir, se veían nubecitas chulas). Pero era muy tarde, pasaban ya las seis de la tarde. Siendo un despegue sur-sudeste, lo ideal en días térmicos es despegar antes del mediodía, ya que la orientación se va moviendo con el sol. Las rachas comenzaron a entrar cada vez más de oeste hasta que al final, cuando ya me marchaba, entraban de atrás. Me fui con la esperanza de que llegando prontito el domingo podría por fin darme un vuelo allí.

Y así fue. Aunque fui solo y allí no vuela casi nunca nadie, no faltan personas que suben a ver la ermita. Confiaba en ellas para no despegar solo, algo que siempre hay que evitar pero que en ocasiones hay que hacer (cuando, por ejemplo, estábamos en el despegue con otros voladores y nos hemos quedado los últimos). En mi caso, me ha tocado hacerlo en dos o tres de los aproximadamente trescientos despegues que he realizado. El viento estaba muy bien, con rachas que llegaban a ser fuertes en algún momento pero suave en general, y monté el ala con la esperanza de que alguien apareciese cuando todo estuviese listo. Así fue también.

Despegué como a la una y media acompañado de familia de Puebla de Beleña que gentilmente esperaron unos minutos antes de subir hasta la ermita. Nada más salir giré hacia la izquierda bordeando los cortados de piedra sobre los que se construyó la misma y no tardé en ganar altura al despegue. La abundancia de térmicas en la zona me permitió ponerme a varios cientos de metros en poco tiempo así como mantenerlos durante todo el tiempo que estuve en la sierra. Un buen puñado de buitres que despegaban de las rocas de la parte oriental me acompañaron también mientras estuve por allí.

La deriva de las térmicas era lo suficientemente notable como para hacerme dejarlas casi siempre antes de llegar al techo, para evitar meterme en el valle de atrás. Pasado el mismo, ya en el interior de Soria, se estaba comenzando a formar una tormenta de tamaño considerable. Esto, junto con el hecho de que comenzaron a formarse nubes en el valle me animó a salir hacia el mismo. Al hacerlo y entrar en la ascendencia más lejos de la sierra podría mantenerme durante más tiempo en la misma y ganar más altura, llegando quizás a la nube. Lo hice en un par de ocasiones o tres logrando ponerme a unos 2600 metros, unos 800 sobre el despegue. Aunque no llegué a meterme en la nube, sin duda estuve cerca.

La tormenta seguía creciendo y parecía ya lamer el valle de atrás, todavía a varias decenas de kilómetros del Alto Rey, y decidí alejarme definitivamente. Con el techo que comentaba y más o menos una hora después del despegue, tensé la cometa y puse rumbo hacia Las Navas de Jadraque, donde tengo controlada una campa bastante maja.

Sobrevolé Bustares y llegué a la campa de Las Navas sin problemas, ligeramente por debajo de la altura del despegue. Allí me encontré una térmica que decidí tantear. Su ascendencia no era mala, pero la deriva era considerable. La dejé para buscar otra en la que, aunque derivando igual, se subiese con mayor velocidad. Mi gozo en un pozo. Las que encontré fueron muy similares y al final me agarré a una para no tener que aterrizar.

Su deriva me fue lentamente acercando de nuevo a Bustares y apenas logré ganar metros. Abajo los chopos estaban bastante arqueados y parecía haber bastante viento. Posiblemente desde donde estaba ya no podría llegar al lugar de donde venía, a la campa de Las Navas. Viendo que la deriva me iba a meter ya por detrás de Bustares decidí aterrizar en una campa bastante grande que tenía cerca , al lado de la carretera (curiosa, curiosa. En muy buen estado pero… ¡de un solo carril para los dos sentidos!) que une ambos pueblos.

Efectivamente en el suelo había un viento considerable, lo que facilitó mucho la toma en una campa verde como ella sola. Después de recoger me tocó subir andando hasta el despegue para recoger el coche. Una hora y media de pateo. Pero sarna con gusto no pica… ¡vuelete!