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Sábado 3 de agosto de 2013, Alto Rey.

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El vuelo tiene estas cosas, los mejores vuelos te los sueles dar cuando menos te lo esperas, o por lo menos así es en mi caso. Estás esperando los nueve días del Campeonato de España con toda la ilusión del mundo y hasta el último detalle preparado para hincharte a volar y pasan de largo sin grandes alegrías. Te levantas la mañana de un viernes pensando que no vas a volar ese fin de semana y al día siguiente te pegas el vuelo del año.

Tenía muchas ganas de retomar el blog con un vuelo que mereciese la pena contar. El último que me di en el Open de Pedro Bernardo estuvo muy bien, pero con tanto lío de tracks, livetrackers, clasificaciones, fotos y demás se me pasó el arroz y al final no escribí nada.

Pero este sí lo tengo que dejar relatado porque ha sido uno de los vuelos más bonitos que me he dado nunca. Uno de esos que por mucho que te esfuerces no hay forma de aterrizarlo y que te hace estar volando durante días.

Como decía antes, hasta bien avanzado el viernes no pensaba volar ese fin de semana. En estas fechas tenemos en mi familia la friolera de cinco cumpleaños (entre ellos el mío propio) y habíamos quedado en Muriel para celebrarlos todos juntos del tirón. Como de costumbre el día elegido para soplar las velas era el domingo, lo que dejaba el sábado como un día tontorrón en el que si estaba bueno lo iba a pasar muy mal en tierra. Había que intentar un Alto Rey, que tanto se me estaba resistiendo este año (3 alicatazos de 3 vuelos era mi triste balance allí en este 2013).

La previsión era de cielo azul sin nubes y viento fuerte de suroeste. Podría ser mejor, pero tampoco era mala del todo. Llamadita al tío Gabi, a ver si anda por aquí y se anima a un Alto Rey… no logro hablar con él y comienzo a pensar que con ese viento y yo sólo quizá sería mejor una Muela. Pero según miraba la previsión de los vientos en La Muela suena mi móvil… ¡¡¡era Gabi!!! Sabiendo lo poco que pierde el tiempo este pedazo de volón si me llamaba era porque existían muchas posibilidades de que mi plan le cuadrase. Y así era. Quedamos sobre las doce del sábado en la fuente de Bustares para pillar agua e intentar buscar alguien que nos pudiese hacer la recogida.

Ya en Bustares me di cuenta de que no tenía ni la cámara de fotos ni las botas de vuelo. Por suerte las chanclas que llevaba me ajustan bastante bien al tobillo (que nadie se confunda, ha sido mi primer y espero que último vuelo con chanclas). Además las fiestas de Veguillas complicaron un poco el tema de la recogida: a las 12 de la mañana gran parte de la juventud bustareña estaba durmiendo la mona. Finalmente pudimos ponernos de acuerdo con Juan Martín, al que despertamos y por supuesto quería seguir descansando un rato, pero que nos dijo que iría a buscarnos por la tarde si los dos nos marchábamos. Con agua y recogida salimos pitando hacia el despegue.

Llegamos arriba a la una en punto y desde el coche el viento ya parecía un pelín pasado. Bajamos hasta la zona desde la que solemos despeguar y efectivamente entraban rachas bastante fuertes, pero también había ratos mantenidos en los que bajaba bastante la intensidad. Dudamos. Teníamos claro que para volar había que montar rapidito y salir cuanto antes, ya que a las dos la cosa estaría bastante peor, y a las tres imposible. Gabi se decanto por el no. Yo pensé en que si no volaba ese día me tiraría casi un mes sin volar, desde el 26 de julio hasta, como pronto el 19 de agosto que volvemos de vacaciones… me decanté por el sí.

Con la colaboración de Gabi que me trajo arnés, cartera y fruta del coche a la una y media pasadas estaba listo para salir… o al menos eso creía yo. Esperamos una racha floja, que empezaban a escasear, para dar la vuelta a el ala, y tras hacerlo me di cuenta de que el vario… ¡estaba en el coche! Con las rachas que entraban preferí volver a colocar el ala de espaldas al viento. Gabi fue por enésima vez al coche, pusimos el vario y, tras esperar otro rato a que bajase el viento, dimos por segunda vez la vuelta al ala.

Estaba un pelín cruzado de la derecha, de oeste, sobre todo cuando soplaba más fuerte. Decidí salir desde la izquierda, que está un poco mejor para esa dirección del viento. La cosa ya se había invertido, las rachas fuertes ahora eran las que se mantenían bastante tiempo, siendo las flojas cada vez más cortas. Tras un cañonazo que parecía no tener fin llegó un momento algo más tranquilo que aproveché para despegar sin demasiados problemas. Una vez en el aire, mantuve el ala picadita hasta que me alejé un poco de la montaña.

De primeras me fui a los cortados de piedra que están a la izquierda de la ermita. Un montón de buitres despegaron al verme llegar y me sirvieron un poco de referencia. Como el viento estaba cruzado la ladera, que casi nunca funciona en el Alto Rey, funcionaba especialmente mal. Casi todo el cortado estaba en fuga, y la parte mejor enfrentada estaba bastante movidita por el sotavento de la ermita. Inicialmente perdí bastantes metros pero luego poco a poco los fui ganando, sobre todo haciendo ochos ya que cerrar los giros por debajo de los cortados no era algo apto para cardiacos. Tras remontar unos cincuenta metros por encima de la cuerda decidí saltar a la ermita y la zona del despegue para ver si allí la cosa estaba un poco mejor.

Y bueno, un poco mejor estaba porque no había sotavento, pero cerrar los giros era complicado y desagradable por la fuerte deriva. Al ver a Gabi, que se había subido hasta la ermita, pensé que su decisión había sido la acertada, que volar para estar como yo estaba no terminaba de merecer la pena. Pero yo ya estaba allí arriba y tenía que exprimir hasta la última opción de ese vuelo, así es que en cuanto me vi con un pelín de altura decidí probar suerte en la ladera del cuartel, posiblemente la mejor enfrentada de todas.

Pero tampoco hubo demasiada suerte allí. Sólo en el cuartel propiamente dicho se subía bien, pero la deriva era brutal y en cuanto te descuidabas te metías demasiado atrás y en fuga de sur o de oeste. Probé de nuevo suerte por la ermita y más de los mismo, incluso peor, porque el viento estaba cada vez más fuerte. A los cortados de la izquierda decidí no volver porque con una ración de sotavento ya había tenido bastante. Volví a la ladera del cuartel y tras comprobar que la cosa iba cada vez a peor decidí salir valle.

Me costaba tanto penetrar que yo creo que no hubiese llegado ni al pueblo. Enfilé hacia la campa de detrás del frontón, la más cercana, y cuando estaba buscando el tirador de la cremallera para abrirme el arnés me entró por la derecha la térmica que lo cambió todo. La térmica que hizo que ese vuelo pasase de ser uno para olvidar, a uno para recordar siempre. La térmica que hizo que Gabi repentinamente pasase a pensar que quizás tenía que haber montado conmigo, y que yo pasase a pensar que después de todo ese vuelo podría llegar a tener sentido.

La térmica no era especialmente fuerte, en torno a dos metros por segundo, pero derivaba mucho menos que las que intenté girar en la cuerda. Con el nuevo casco cuando giro a derechas me cuesta oír el vario en determinados momentos, pero creo que la ascendencia era bastante constante durante todo el giro. No tardé en ponerme a la altura del despegue. La deriva me iba acercando a la ermita y cuando llegué a su vertical ya estaba por encima de los 2000 metros, unos 200 por encima. En ese punto comenzó a derivar más y me salí un poco de ella, momento que aproveché para invertir el giro y comenzar a girarla a izquierdas. La volví a centrar rápidamente, pero efectivamente la deriva me estaba llevando rápidamente hacia atrás.

En ese punto tenía que decidir si seguía derivándola metiéndome demasiado atrás, o la soltaba en ese punto en el que todavía podía volver a la cuerda. Gabi seguía en la ermita, observándome. En realidad a él le iba a dar lo mismo recogerme por el norte que por el sur, eran unos cuantos kilómetros más de coche pero eran sólo las dos y media de la tarde. Así es que decidí seguir girándola todo lo que diese de sí y tirarme hacia atrás en cuanto dejase de ganar metros con ella, lo que ocurrió cuando tenía algo más de 2400 metros y estaba en la vertical del pequeño monte que hay detrás del Alto Rey.

Me tiré hacia atrás viento en cola, inicialmente con la idea de tirar hacia Atienza. Antes de despegar había activado Soria como baliza directa con la función “Go To” del Compeo. Para dirigirme hacia Soria tenía que modificar mi rumbo girando un poco hacia la izquierda, y para ir hacia Atienza justo lo contrario.

Era muy posible que llegase de planeo a Atienza, pero tenía la sensación de que iba a llegar allí muy bajito como para remontar cómodamente, y las campas que veía cerca de un pueblo que había de camino no me terminaban de convencer.

Sin embargo hacia la izquierda tenía cerca otro pueblo, Ujados, aparentemente “aterrizable” en cuyos alrededores seguramente habría alguna térmica esperando a que mi LiteS “guindilla” y yo la hiciéramos compañía. Opté por esta segunda opción descartando Atienza como baliza intermedia y planteándome ir en línea recta hacia Soria. Para llegar el Compeo en ese punto me decía que nos quedaban 77 kilómetros por delante… ¡casi nada!

Nada más cambiar el rumbo hacia la izquierda, bastante antes de llegar a Ujados, nos encontramos con una termiquilla muy flojita pero a la que me enganché con la esperanza de que fuese ganando fuerza poco a poco. Y lo hizo, pero muy poco a poco, y la deriva nos fue llevando hacia los cortados de los molinos. A unos 2400 de nuevo la perdí o se acabó y continué hacia los cortados que ya tenía muy cerca. Nada más a su vertical el vario comenzó a pitar de nuevo, esta vez más alegre, y pronto estábamos a 2800.

Con esa altura seguimos “Camino Soria”, pero al poco de comenzar la transición trincamos otra térmica y por su puesto decidí entretenerme un poco allí con ella. La deriva tenía la orientación perfecta y el paisaje lo merecía. Teníamos al norte una grieta de unos cien metros de profundidad que serpenteaba a lo largo de varios kilómetros, con un pueblo, Torrevicente, impresinante en medio de uno de sus barrancos. Ganamos algo más de cien metros con esa térmica volviendo a estar por encima de los 2700, y nada más dejarla llegó otra casi de forma casi idéntica, y después de esta otra similar, algo más flojilla esta vez, y nos quedamos a unos 2600. Estábamos ya en el comienzo del barranco por el noreste, con otro pueblo situado justo en las pendientes de su entrada, Lumías.

En este punto dudé por donde continuar. Hacia Soria había un montón de kilómetros bastante desolados con pocas señales de civilización, sin carreteras, todo caminos de tierra y eso sí, campas para aterrizar sin problemas en cualquier punto. La recogida por allí podría llegar a ser bastante simpática, tanto para Gabi como para mí. Por otro lado a nuestra derecha, muy cerca, estaba Arenillas, un pueblo grandecito con campas, carretera y seguramente un buen bar. Pero tenía altura, iba viento en cola, y la aventura es la aventura. Fui optimista y decidí tirar por la tierra inhóspita, con un poco de suerte podríamos llegar hasta un pueblo que veíamos en el horizonte, y con un poco de suerte más no estaría abandonado.

Comenzamos el planeo hacia Soria con una descendencia que me hizo comenzar a estudiar la zona de cara a hacer lo menos complicada posible la recogida. A nuestra izquierda volvíamos a tener otro barranco que, como no, tenía en una de sus cuestas un pueblo perfectamente mimetizado con el terreno que le rodeaba, Cabreriza. Era una chulada desde el aire y aunque se veía un coche estaba claramente abandonado. Ya en ese punto la mejor opción de cara a la recogida era seguir por encima del camino de tierra que venía desde la carretera que estábamos dejando atrás.

Más o menos a la altura de Cabreriza, con unos 1700 metros, nos encontramos con una térmica que empezó muy flojita pero que acabó batiendo casi todas las marcas del vuelo. Más de media hora de reloj estuvimos girando en ella hasta alcanzar el techo del día, cerca de los 3000 metros, y con su deriva avanzamos unos 20 kilómetros atravesando el pueblo aquel del horizonte y el mismísimo río Duero. El pueblo del horizonte era Casillas de Berlanga, donde llegamos con 2200 metros de altura, y en la continuación de la carretera que pasaba por él hacia el noroeste, reconocí perfectamente la muralla, el castillo y el barranco de Berlanga de Duero, donde aterricé el año pasado (aunque aquí voy poniendo los nombres de los pueblos, en vuelo sólo reconocí Atienza, Berlanga y Soria). Unas docenas de giros más al noreste llegamos a un punto donde teníamos delante el río Duero, que nos recibió mejorando notablemente la calidad de la térmica y nos alzó hasta casi los tres mil metros de altitud.

Con esa altura y una sonrisa en la cara que se me salía del casco enfilé de nuevo hacia Soria. Aunque en mi rumbo no había muchos problemas de aterrizajes tenía que atravesar una cuña de un bosque inmenso que tenía a mi derecha. No parecía complicado con esa altura, pero si me entraba cualquier cosa que me ayudase no le iba a hacer ascos. Había perdido sólo trescientos metros cuando, teniendo a mi izquierda Fuentepinilla, comencé de nuevo a girar una cosita con la que, aunque no ganábamos mucho, avanzábamos poco a poco gracias a la deriva, haciendo la cuña del bosque cada vez más franqueable. Así, dando giros, sobrevolamos La Seca. Llegados a un punto en el que ya no había más que rascar nos pusimos de nuevo viento en cola.

El pueblo más cercano era Quintana Redonda. Era un pueblo bastante grande y tenía campas muy buenas, pero implicaba desviarme un poco a la derecha según el vario. En línea recta hacia Soria, que por fin veía en el horizonte, tenía un pueblecito muy pequeño metido en un barranco chulísimo, y aparentemente también tenía campas más o menos buenas. El pueblo era Las Cuevas de Soria, y no me pude resistir a la tentación de sobrevolarlo. Con esa transición alcancé el punto más bajo de todo el vuelo, en torno a los mil “quini”, y allí viví uno de los momentos más bonitos del vuelo.

Lo típico: según me acercaba a las inmediaciones del pueblo por fin salgo del agujero del que venía y el vario comienza a pitar tímidamente. Voy tanteando aquello sin mucha fe pero en la vertical del pueblo parece que la cosa se anima. Sin embargo no logro girarla bien y sigo sin terminar de ganar metros con aquello. Al norte del pueblo unos cortados de piedra me estaban mirando. Además de ser una zona preciosa aquello se tenía que estar calentando más que su entorno sí o sí. Decidí dejar esa térmica con la que no perdía mucho, pero tampoco ganaba nada, y tirar hacia los cortados en busca de algo mejor.

Y aquello funcionó. No inmediatamente, pero allí en seguida encontré algo muy similar a lo que tenía en la vertical del pueblo, pero con un paisaje todavía mejor y sobre todo mucho más prometedor, porque a esta si le iba notando una pequeña mejoría con cada giro y, aunque muy lentamente, estaba ganando metros. No terminaba de dispararse, pero con aquella alturilla que estaba ganando ya le estaba dando vueltas a saltar hasta el siguiente pueblo. Pero de repente… ¡buuuuuuuuuuuuuum! ¡Aquello disparó con un más tres que a mí me sabía a más ocho! ¡Soria! ¡Soria! ¡Soria! ¡Soria!

Y no me equivocaba, porque después de aquello llegar a Soria fue un auténtico paseo. Y eso que ni siquiera logré ganar la altura que esperaba con esa térmica. No sé si la perdí o se acabó, el caso es que con algo más de dos trescientos dejé de ganar altura y puse rumbo hacia una laderita muy prometedora que tenía tirando directamente hacia Soria. Era una ladera con poca altura y poca pendiente, pero buena orientación tanto para el sol como para el viento, y tenía un pueblo con carretera y campas, Camparañón. Pero funcionaba y en cuanto nos acercamos por allí el vario comenzó a pitar. La deriva era un poco más de sur-sureste, desviándonos ligeramente de nuestro rumbo, pero me preocupaba poco porque con los dos mil metros que tenía y la altura que ganase con ella ya podía saltar la ladera y acercarme, sino llegar, a Soria.

Cuando llegamos a los 2500 decidí dejarla y avanzar hacia Soria. Al hacerlo ocurrió algo curioso: no perdía altura porque había térmicas por toda esa zona. Llegaba a Soria de planeo pero con esa altura me parecía un desperdicio aterrizar allí, y para la recogida me parecía mucho más limpio aterrizar en un pueblo. Delante pasado Soria, quizás demasiado cerca, tenía Garray. Seguí girando, derivando y perdiendo las cositas que me encontraba, siempre en torno a los 2500, dejando Soria a mi derecha, sobrevolando primero Carbonera de Frentes, Fuentetoba y sus cárcavas, muy muy chulas, llegando con esa altura a la vertical del aeródromo de Soria. En ese punto nos cruzamos con una térmica más generosa que las anteriores que nos elevó por encima de los 2700. Gozadón.

En este punto Garray ya estaba más que superado como objetivo y tenía dos opciones, ambas con montañaca seria en plan “meta” de fondo. Una era seguir manteniendo la dirección que había llevado durante todo el vuelo, donde veía pocos apoyos. La otra era desviarme un poco hacia el norte apoyándome en unas laderas que tenían pinta de estar funcionando. Opté por esta segunda ruta, aunque en realidad en ese momento me notaba ya desconcentrado de pura satisfacción, con mi subconsciente pensando en quemar esos metros con un largo planeo viento en cola hasta donde diesen de sí, y analizando cual sería el mejor pueblo en el que aterrizar.

Las laderas no me funcionaron, pero como digo lo más probable es que no pusiera en ellas todo el interés que merecían. Unos molinos en unos cerros por encima de Garray (posiblemente el mejor objetivo de primeras si hubiese estado más atento) me indicaban un viento de sur-suroeste en tierra. Enfilé en esa dirección sobrevolando los cortados en los que acababa la ladera y un pueblo, Espejo de Tera, metido allí debajo. Por delante tenía dos pueblos, Sepúlveda de la Sierra y Cubo de la Sierra, que me parecían un poco escondidos para la recogida, y con campas de dudosa inclinación. Por otro lado, si giraba a la izquierda y seguía hacia el norte tenía carreteraca, campas muy buenas y abundantes, y tres pueblos: el primero Tera, y unos kilómetros más allá, pegados, Almarza y San Andrés de Soria.

Llegué a Tera ya con poca altura, pensando seriamente aterrizar allí mismo. Sin embargo tenía todavía algo de altura y encima del pueblo me pitó algo y con la cantidad de campas que había decidí alargar aquello un poquito más. La térmica no me dio mucha confianza y la dejé enseguida, pero en lugar de aproximar para aterrizar allí seguí por encima del río Tera con la esperanza de que se desprendiese algo por el camino hacia los siguientes pueblos. Si no ocurría podía aterrizar en cualquiera de las campas que tenía a mi derecha entre el río y la carretera.

No ocurío, pero avancé rápidamente y no tardé en llegar a Almarza y San Andrés. Para aterrizar me gustaba especialmente un prado abierto que había al norte de San Andrés, pero tenía que sobrevolar el pueblo y tenía ya sólo unos 50 metros sobre el suelo. Además me daba la impresión de que estaba ligeramente cuesta abajo. Preferí asegurar y aterrizar sobre alguna de las campas que había antes de Almarza junto a la carretera. En ese momento vi, justo allí entre los dos pueblos la primera y única sombra de nube del vuelo.

La campa que estaba más pegada a Almarza, justo delante del cementerio, no estaba del todo mal. En la zona de aproximación tenía una fila de chopos que partía de la carretera y terminaba en la entrada del cementerio, el cual podía utilizar como entrada a la campa. Había un tendido en el lateral opuesto a la carretera, pero al final de la campa, bastante alejado de la aproximación, y también un buen puñado de pacas de paja repartidas por la misma, pero con suficiente espacio entre ellas para tomar sin problemas.

Sobrevolé el cementerio y las pacas avanzando por la campa con unos 20/30 metros buscando por delante alguna opción mejor de última hora. La siguiente campa tal y como iba tenía vallas y no me terminaba de gustar. Hice un tres sesenta hacia mi izquierda para perder altura encima del cementerio, continué un poco más el giro hacia la izquierda para llevar mi senda final hacia un hueco entre las pacas, giré a la derecha para enfilar por el hueco que tenía en mente, y planeé por él según lo había visualizado. Había vientecito y estaba bien enfrentado, lo que nos permitió terminar el vuelo con tres o cuatros pasos acompañados de un empujocito suave.

A pesar de no haber escuchado en ningún momento contestación de Gabi yo había seguido dando mi posición en distintos puntos del vuelo, incluída la salida desde Soria hacia el norte con 2700. Por suerte él a mí si que me había oído en varios puntos del vuelo, y cuando hablé con él ya estaba en Almazán. Decidí llevarme el ala y el arnés en dos viajes hasta la entrada del cementerio donde tenía la sombra de los chopos, lo que me llevó unos 10 minutos. Me puse a desmontar sin entretenerme en nada más, y cuando todavía estaba quitando sables Gabi apareció por allí… ¡impecable!

Entre risas y cerves, como sabíamos que en Piter el día no había sido ninguna maravilla, Gabi mandó su ubicación a Carlos “parapen” así tal cual, sin más explicaciones. Carlos sabía que los dos habíamos ido al Alto Rey y lo demás lo dejamos en manos de su imaginación. Con su respuesta totalmente despistada nos echamos otro puñadete de risas, y brindamos por los buenos vuelos con el sabor agridulce de no haber podido disfrutar de aquel girando juntos.

Gabi no tardo en darse cuenta de algo que tenía estudiado en las previsiones pero que allí pudimos ver “in situ”. Aunque en el pueblo seguía entrando un sur-suroeste de unos 15km/h, justo en la cima de las montañas que teníamos al norte, a menos de 10km, había unos molinos que estaban moviéndose a toda leche orientados de… ¡¡¡noreste!!! Y claro, también teníamos abundantes nubecitas que dibujaban la convergencia de vientos en toda esa zona, entre las que debía encontrarse la que vi justo antes aterrizar. Alucinante, habrá que tenerla en cuenta en futuras expediciones desde el Alto Rey.

De vuelta a Bustares decidimos hacer camino y comer en Atienza para estar más cerca de nuestro destino. Y Atienza está cerca de Bustares siempre y cuando no te equivoques de carretera y bajes hasta Jadraque, qué es lo que me pasó a mí en pleno entusiasmo dando por hecho que conocía aquella zona. Pero bueno, Gabi, su paciencia infinita y su agradable compañía hicieron de esa hora extra de palique en coche una forma como cualquier otra de prolongar ese gran día de vuelo que en gran parte le debo a él… ¡muchas gracias compañero!

Track del vuelo

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Sábado 6 de octubre de 2012, Pedro Bernardo

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Alas montadas en el el despegue oesteNos juntamos una buena tropa, y eso que no estaban varios de los habituales (como Armando, Juan, Piris o Lobo). Subimos a la oeste el Pirata, los Julios, los Carlos, Pinacho, Antonio “lechón”, Luismi, Procu, Pepe, Mario, Javi “yunquera” y yo. En total 13 pilotos, pero entre unos pocos le hicimos la gañanada del día al Pirata que se quedó sin volar (nos equivocamos de Litespeed al cogerla del local y encima la que subimos no tenía barra de control).

Viento fuertecillo pero no turbulento de suroeste, nubes en la montaña por debajo de la cuerda a unos 1900 a las que no era nada fácil subir. Pusimos una prueba imposible, Mijares-Higuera-Antenas-La Igle para las condiciones que había. Julio Sancho se quedó entre Mijares e Higuera, en las campas que hay entre La Adrada y La Igle. Julio “bomber”, “parapen” y yo aterrizamos en La Igle. Javi “yunquera”, Pepe y Carlos “ex-discus” en la campa del pilón de Casavieja. El resto tomaron en la oficial.

Yo estuve a punto de tomar en la campa de Casavieja. Con Carlos “parapen” hice la transición hasta Mijares después de girar juntos lo mejor para mí hasta ese momento que nos subió a algo más de 1800 en los picos previos a Miravalles (el Risco Flores, de 1731m). De camino, antes de la cascada, di unos cuantos giros a algo muy suave y subí hasta las barbas de la nube, por encima de los 1900. Entre Mijares y Casavieja con Carlos logré coger de nuevo casi 1800, pero buscando algo mejor para saltar hacia La Igle me quedé a unos 1300 que mantenía con facilidad pero que no lograba superar por más que lo intentaba. Por encima de mí “parapen” se volvió a poner a 1800 y tiró para La Igle.

Por debajo de mí estaban Javi y Pepe y casi a mi misma altura pero más al este Carlitos. Vi aterrizar en el pilón a Javi, luego a Pepe, y Carlitos se salió hacia el aeródromo y se mantenía girando ceros sobre ellos pero dijo por la radio que aterrizaría con ellos. Yo seguía intentando sin éxito ganar más altura sobre los pinos del Mogote (1372m) y todo apuntaba a que aterrizaría allí también.

Alas aterrizadas en el Egido de La IgleEl vario me decía que con los 1300 que tenía llegaba a La Igle con 20. Muy justo, pero confiaba en encontrarme algo por el camino. Y el caso es que no trinqué nada, pero tampoco perdía mucho, se planeaba muy bien por el valle y el vario según me acercaba mejoraba su cálculo, quedándose entorno a los 70 metros. En otras circunstancias hubiese dado media vuelta, pero las condiciones eran muy estables y confiaba en llegar si era necesario a la campa que hay cerca de la carretera entre La Igle y el cruce de Casavieja. Pero no hizo falta y finalmente llegué con la altura que me decía el vario… eso sí, ¡apretándolo todo! 😀

Sobrevolé el mesón para hacer una aproximación en U quedándome un pelín bajo en el giro final, pero con velocidad suficiente para hacerlo con seguridad y terminándolo bastante bien tratándose de La Igle.

Vuelete muy sutil y otoñal, preludio del fin de la temporada. Espero que se alargue todavía un poquito y nos de alguna que otra alegría más… ¡¡¡Jumilla nos espera!!!

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Domingo 15 de julio de 2012, Alto Rey.

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Tenían que pasar casi 20 años para que se cumpliese el sueño que me llevó a comenzar a volar: sobrevolar Muriel. En más de una ocasión he comentado mi obsesión por acercarme a esta zona, salvaje y bonita como ella sola, que tantos recuerdos tiene para mí. Muchos veranos bañándome en las aguas del Sorbe, dejándome caer con la bici por sus carreteras empinadas, jugando al rescate por las calles del pueblo, dando largos paseos río arriba, hacia el Pozo de los Ramos o río abajo, hacia el Pantano de Beleña (o antes, hacia la Ermita que este tapó).

Precisamente fue yendo y viniendo a este pueblo cuando, al pasar entre Humanes y Cerezo de Mohernando, veíamos mosquitos gigantes en el cielo de un cerro. Los mosquitos resultaron ser alas delta pilotadas por personas, y más tarde pude saber que el cerro era La Muela, una de las cunas del vuelo libre.

El fin se semana no tenía muy buena pinta a priori, pero siendo mediados de Julio no había que tirar la toalla hasta el final. El sábado daban oestes moderados y en el Alto Rey estaría demasiado cruzado para salir. El domingo daban vientos muy flojos de noreste por la mañana metiéndose, muy muy flojos en las horas centrales del día, girando a noroeste moderado por la tarde. O sea nortes, pero cero a mediodía.

Con esa previsión y teniendo que elegir por motivos familiares solo uno de los dos días, opté por arriesgarme y apostar directamente por el domingo. Es más seguro apostar por el sábado, ya que si sale malo siempre puedes lloriquear para ver si te dejan probar suerte también el domingo. Pero decidí jugármela, relajarme y disfrutar del sábado con Sara, mis padres, mi abuela y, principalmente, jugando con mis hijas.

Tenía claro que si existía alguna posibilidad volar ese domingo en el Alto Rey no podía tostarme, así es que me levanté temprano, desayuné a lo bestia para olvidarme de comida hasta después del vuelo, viendo que la previsión no había cambiado mucho y que, tal y como esperaba, con esos vientos en Barajas los aviones estaban entrando por el sur (con esa configuración es bastante raro que un avión sobrevuele el Alto Rey y la zona del Ocejón).

Puse rumbo a Bustares y pronto pude ver que a esas horas en el Alto Rey ya se estaban formando cúmulos muy chulos. Al llegar coloqué una manga en la campa “de las afueras” y otra en la campa de “las adentros”, que utilizan normalmente los parapentes y que con viento de suroeste o noreste es una buena opción también para las alas.

A las doce y poco estaba en el despegue. La manga estaba de sureste, pero una cinta colocada en uno de los postes rojiblancos para la nieve que hay a los lados del camino estaba de noreste. Bajé del coche y al acercarme hacia el despegue entraba una racha con la que se podía salir perfectamente, un poco cruzada de la izquierda pero válida. Al volver al coche para bajar el ala me asomé por la cara norte… y allí también estaba entrando bien, cruzado de la derecha, pero bien. Resumiendo, estaba de este muy flojo y subían rachas térmicas por ambos lados de la montaña. En aquel momento aquel era el único punto de la sierra en el que se estaban formando y deshaciendo cúmulos constantemente. Había que montar y salir antes de que las rachas se definiesen de atrás, como estaba previsto.

Mientras montaba subieron tres moteros y una pareja con un niño y una niña. Los moteros se quedaron conmigo pero la familia se subió a ver la ermita. Los moteros se fueron pero la familia, que bajó de la ermita cuando estaba terminando de montar se quedaron a verme despegar, y si lo finalmente lo hacía me bajaban el coche a Bustares (¡gracias!).

Ya colgado y preparado para salir el viento estaba prácticamente a cero, y cuando entraba alguna racha era muy cruzada de este. En un par de ocasiones miré una lomita que hay más a la derecha, más allá de la manga, mejor orientada aparentemente para ese viento. Pero no era el momento para experimentos y preferí correrla desde donde estaba cuando me entrase medianamente enfrentado. El problema era que cuando estaba medianamente enfrentado era con muy poca fuerza, y bueno, había que echarle valor para salir así. Se lo eché y a punto estuve de arrepentirme.

Según el vario era la una y veinte cuando finalmente corrí todo lo que pude y el ala comenzó a volar, pero lo hizo planeando muy cerca del suelo. Además se orientó hacia el viento girando un poco a la izquierda haciendo que el plano izquierdo llegase incluso a rozar ligeramente con algún arbusto. Yo ya tenía las manos en la barra de control y para corregir el rumbo empujé a tope echándome hacia la derecha y el ala, sin hacer ninguna brusquedad, giró suavemente a la derecha se alejó de la montaña. Y yo respiré sin entender muy bien como había podido salir así de bien de aquella situación. Posiblemente no teníamos velocidad suficiente para que ese empujón tuviese mayores consecuencias. O quizás la Litespeed es una pedazo de madre y me salvó de una buena torta.

En definitiva, sustazo de los buenos, que espero que al menos me sirva para no volver a hacer algo así nunca más. Cometí el error de dejarme llevar por la presión de la familia, que llevaba bastante rato esperando a que despegase. Estuve a punto de dar la vuelta al ala, darles las gracias y decirles que no me bajasen el coche, pero al final por aprovechar su ofrecimiento estuve a punto de hacerme daño.

Ya en vuelo, después del obligado resoplido, lo primero que pensé fue: “mamón, por lo menos haz que este susto haya valido para algo”. E inmediatamente después entramos en una térmica bastante agradable que me ayudó a hacer borrón y cuenta nueva… ¡a girar! Aunque era relativamente pronto la cosa ya estaba funcionando de maravilla y enseguida llegué a la nube.

Puse rumbo hacia la cuerda que hay entre el Alto Rey y el Ocejón que baja de norte a sur desde Aldeanueva de Atienza hasta La Nava de Jadraque, pasando por El Ordial y Arrollo de las Fraguas. Entre estos dos últimos pueblos, hace poco descubrí una campa que desde el suelo tiene bastante mejor pinta de lo que parece desde el aire. Tiene una gran encina en medio, pero alrededor de ella hay espacio suficiente para tomar casi en cualquier dirección (de este es estrecha y ligeramente cuesta abajo). Esa zona aparece en los mapas como El Rorró.

Encima de Arrollo de las Fraguas trinqué una cosa suave que fui derivando hacia atrás, llevándome hacia el norte y hacia a la vertical de la cuerda. Se estaban empezando a formar unas nubes en su parte más alta (y bonita), a la altura de Aldeanueva de Atienza, por lo que decidí ir adentrándome según iba ganando altura, tranquilo sabiendo que si la cosa se torcía podía llegar sobrado a la campa de El Rorró.

Pero no hizo falta. Cuando pensaba que esas nubes no estaban funcionando todo lo bien que a mi me hubiese gustado me enganchó un pepinazo que era incapaz de girar sin que en un punto del giro me levantase el plano hasta colocarme el ala prácticamente vertical. La perdí antes de llegar a la nube pero ya muy cerca de ella. Con esa altura desde ahí veía claro, y el vario me confirmaba, que podía “saltar” el Ocejón. Así es que puse rumbo Valverde de los Arroyos, sobrevolando La Huerce y Umbralejo y el nacimiento del río Sorbe, un sinfín de meandros en una zona preciosa pero eso sí, sin campas de ningún tipo en muchos kilómetros a la redonda.

Y antes de llegar a Valverde, aunque muy posiblemente podría haber pasado por encima del Ocejón sin problemas sin necesidad de girar nada más, me rajé. Hay que tener el corazón de un caballo para hacer ese salto. Tenía altura suficiente, el viento perfecto, y ahora tengo claro que además por el camino hacia el Ocejón me habría encontrado con buenas térmicas… pero no me atreví a terminar esa aventura. Así es que puse rumbo sur hacia La Nava de Jadraque sobrevolando la cara oeste de la cuerda por la que había subido. Primer intento fallido, todavía habría algunos más.

Al terminar la cuerda, justo antes de llegar a La Nava de Jadraque, el vario comenzó a pitar. Otra térmica guapísima con la que gané bastante altura pero que perdí antes de hacer techo. Con la altura que gané tiré hacia el Cerro Santotís (1560m) desde donde esperaba volver a trincar, y quizás, si ganaba la suficiente altura, saltar hacia Tamajón.

Antes de llegar a la vertical de Santotís entré en una zona en la que parecía cocerse algo, así es que me quedé por allí tanteándola. No tuve suerte y finalmente, ante la ausencia de campas por allí retrocedí de nuevo hacia el cerro que hay entre La Nava y Semillas, el Cerro Mermequero (1495m). Ese fue mi segundo intento fallido.

El Cerro Mermequero funciona de maravilla, por ahora no me ha fallado nunca. Llegué a su vertical con unos 200 metros sobre él y pepinazo. Estaba empezando a descartar llegar a Muriel y me planteaba coger al menos altura suficiente para volver a Bustares. Pero finalmente me subió lo suficiente como para que me animase a volver a probar suerte al Cerro Santotís. Esta vez me acerqué mucho más su vertical, pero no trincaba nada por allí, y de nuevo me puse nervioso por la ausencia de campas y volví hacia atrás. Tercer intento.

Volviendo, justo al atravesar la zona que en la segunda intentona había notado caldeadita, trinqué algo que parecía ya más prometedor. Sin embargo me costaba mucho centrarlo y a ratos subía bien, a ratos muy poquito. Gané bastante altura con ella, unos 800 metros, pero ya sí que estaba cansado de rondar Santotís y puse rumbo Alto Rey para cerrar el vuelo.

Sin embargo, a veces basta que uno tire la toalla para que de repente todo se de la vuelta. Poco después de poner rumbo a las campas de Bustares me entró otra térmica con la que gané 500 metros más, y con esa altura pensé, “venga, el último intento”.

La transición hacia la vertical de Santotís la hice perdiendo muy poca altura y poco después de pasarla adentrándome en la Sierra Gorda el vario comenzó a pitar de nuevo. Unos giritos con los que gané 300 metros y lo mejor, me derivaron de noreste, acercándome más a mi objetivo. El vario me decía que con esa altura llegaba a Tamajón con 900 metros, y ya no lo dudé… ¡¡¡adelante!!!

En esa transición con el viento aparentemente en cola el vario en ocasiones me decía que llegaba a Tamajón con más de 1000 metros, así es que me relajé del todo y en lugar de dirigirme hacia Tamajón cambié mi rumbo un poquito hacia la izquierda, para sobrevolar Muriel, mi viejo sueño.

Y allí estaba, disfrutando como un enano, porque encima aquello era una fiesta de térmicas potentísimas con las que me adentré un poquito en el pantano. Una pasada. Ahora me arrepiento de no haberme quedado un poquito más por allí y haber puesto tan rápido rumbo hacia Tamajón. Por el camino girito sobre Sacedoncillo para volver a verlo todo… guapísimo.

Si no trincaba nada el vuelo ya había sido un éxito. Desde allí estaba viendo Retiendas, el Pantano de El Vado, por el norte todo el valle hasta Majaelrayo, por el sur La Mierla, Beleña y al fondo La Muela. En Tamajón hay campas muy buenas y en mi casa estaba pasando el día mi hermano, que subiría a por mí encantado, y por supuesto disfrutaríamos de unos botellines de esos que saben a gloria. Pero en la vertical de Tamajón había una térmica muy muy guapa esperandome, con la que gané unos 800 metros… y claro pensé: “y si vuelvo al Alto Rey?”.

Puse rumbo hacia Almiruete, otro pueblo precioso, y como no podía ser de otra forma, en la vertical del Pozo de los Ramos, trinqué otra térmica. El vario me decía que llegaba a la campa de La Nava de Jadraque con 1000 metros de altura… ¡¡¡adelante!!!

Sin embargo esta transición no fue tan gozosa. Según avanzaba hacia La Nava el vario iba quitándole metros a su estimación inicial: 900… 750… 600… y campas en ese tramo, cero. Bueno cero no, hay algo que no me atrevo a llamar campa una en una zona llamada El Llano de la Choza, que precisamente para ese viento ofrecía su mejor versión (alargada de noreste a suroeste, con pendiente en contra hacia el noreste, de donde parecía soplar el viento).

Pero no me hizo falta, por el camino me encontré un cero que, dadas las circunstancias decidí girar. Poco a poco fue ganando fuerza y con ella fui ganando altura suficiente para llegar sobradamente a La Nava. Próximo objetivo: Bustares.

Curiosamente la última térmica había comenzado derivándome de sureste pero rápidamente comenzó a hacerlo de suroeste, así es que enseguida gané la vertical de La Nava, después la de Arroyo de las Fraguas y tenía altura suficiente para llegar a Bustares. Con ese viento y esa altura me puse como objetivo chulo llegar al despegue del que había salido. Me acerqué bastante pero según lo hacía tenía la sensación de que iba viento en cara, como si estuviese norte. Me dio cosa meterme en el sotavento y antes de llegar giré a la derecha hacia Bustares buscando las mangas que había puesto por la mañana.

La manga de la campa “de las adentros” no llegaba a verla bien, en su vertical tenía más o menos la altura del despegue. Tiré hacia la campa de “las afueras”, a la que llegué con una altura que me permitió ver perfectamente que estaba de… ¡noroeste!. Esa campa con ese viento nunca la había aterrizado y me parecía que era mucho mejor opción las que están al lado de esta más cerca del pueblo, al otro lado de los árboles. Con ese viento eran perfectas.

También estaba muy bien orientada otra en la que tomé hace un par de años que tiene un abrevadero y es ligeramente cuesta abajo hacia el suroeste, pero para el viento que había tenía buena pinta. No sabía si llegaba a esta así es que me dirigí hacia ella mirando con el rabillo del ojo las del pueblo por si veía que finalmente me quedaba corto, pero por el camino atravesé una termiquita que me permitió llegar a ella sin problemas.

Un ocho y aterrizaje fácil con un viento más fuerte que el que yo esperaba, pero manejable.

Vuelaco de 4 horas y 50 minutos con el que batía mi récord de duración y, lo más importante, cumplía un viejo sueño. Ahora toca buscarse otro… a por el Ocejón!!! 😉

Track del vuelo

P.D.: Este vuelo se lo dedico como no puede ser de otra forma, al tío Gabi, granaíno de pura cepa con el que espero volver a volar muy pronto en el Alto Rey.

Domingo 25 de marzo de 2012, Pedro Bernardo

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Una de cal y otra de arena. Si el primer vuelo del año logré alargarlo contra todo pronóstico, en este me pegué un alicatazo mientras todos los demás, los Julios, el Pirata, Juanma y Pepe disfrutaron de un vuelete suave y placentero de unas dos horas.

En esta ocasión el viento estaba de este bien definido. Pepe nos tanteó a ver si alguno nos animábamos a subir a la rampa de madera. Venía preparado con alambres para arreglarla, pero al final todos nos quedamos en el despegue de abajo.

Salió primero Julio “Peter” ante las miradas atentas de todo el personal ya que la cosa no pintaba muy bien. Se había metido una capa bastante densa de cirros y no había mucha actividad. Pero Julio, volando con mucha suavidad y girando muy planito, no tardó en ponerse por encima del despegue. Así es que yo, que lo tenía ya todo listo, decidí salir a pesar de que Julio “Piedrahita” decía que era pronto por el cambio de hora de esa noche, y que los cirros estaban empezando a abrir. Quizás debería haberle hecho caso.

Cuando me coloqué para salir el viento estaba un poco de la derecha, así es que me busqué el mejor sitio para salir por la zona que Félix ha re-apañado este invierno. Despegué sin problemas desde allí. En principio la cosa no pintaba muy mal, tanteé un poco por la derecha, volví luego hacia el despegue, tanteé por la izquierda y zás! la primera termiquilla, muy agradable, con unos cuantos giros me puse por encima del despegue. Pero la perdí, o se perdió, así es que volví hacia el despegue, todavía no había salido ninguno más. Estaban todos ya debajo de sus alas excepto Julio, con Pepe y su Laminar en cabeza listo para salir.

Tenía la sensación de que estando a esa altura por allí les cortaba el royo para salir, así es que me fui hacia la derecha a probar suerte. Intenté girar algo que me salió rana y perdí bastante altura así es que continué hacia la sur. Por allí la cosa se puso más complicada. Debido a la fuga las térmicas tenían mucha deriva y me fueron metiendo cada vez más en el pueblo, y cuanto más me acercaba al pueblo más rotas y complicadas de girar eran.

Así es que estuve por allí peleando cada pompita que me entraba intentando al mismo tiempo regresar a la zona más orientada al este. No lo logré y en un momento dado enfilé hacia la campa. Por el camino me pitó algo que tampoco fui capaz de aprovechar y me hizo perder más metros.

Tantos que llegué a la campa con la altura justa para sobrevolar  la manga y hacer una U para entrar de este. En el giro pasé muy cerca de los árboles, demasiado para mi gusto, aunque tenía velocidad suficiente y pude sobrevolarlos sin problemas.

Había vientecito, no mucho pero lo suficiente como para hacer que el aterrizaje fuese muy fácil. Mientras plegaba todos estos se pegaron un vuelete muy majo, sin ganar demasiada altura pero siempre por encima del despegue.

La este de abajo tiene estas cosas. El año pasado tuve un par de vuelos o tres así… ¡a espabilar toca!

Track

Sábado 25 de febrero de 2012, Pedro Bernardo.

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Estrenando el año de forma casi inesperada. La previsión era muy buena y el despegue estaba a tope de parapentes. Con ala estábamos Antonio Lobo, Pepe, Julio Sancho, Félix y yo.

Al principio la cosa pintaba muy bien, rachas térmicas fuertecitas de oeste, aunque lo suficientemente suaves como para permitir salir a los parapentes. Pero según montábamos comenzó a meterse, entrando por el norte, una capa de cirros de dimensiones considerables.

Sus efectos no tardaron en notarse, y las rachas comenzaron a entrar cada vez con menos fuerza. Entre parapentes, salieron primero Julio y Lobo, y luego Pepe y Félix. Yo intenté salir detrás de Félix, pero cuando levantaba el ala no era capaz de sujetarla, se me escurría entre los guantes. Di media vuelta, me descolgué y fui al coche a por cinta para colocarla en los montantes a modo de superficie rugosa que me permitiese mantenerla sobre el suelo. Funcionó y salí sin problemas.

Cuando salí todos estaban aterrizados, se confirmaba que los cirros nos habían estropeado el día. Me fui hacia el morrete del campo de fútbol, donde había visto a algunos parapentes ganar bastante altura y a Lobo pelear como un jabato. No encontré nada que pudiese aprovechar y acabé perdiendo metros. Volví por encima del pueblo donde giré alguna cosilla que tampoco me permitió ganar casi nada. Seguí buscando mejor sustentación por la ladera ya muy bajito, por debajo del camino con los tejados del pueblo bastante cerca.

En la sur había un par de parapentes aguantando haciendo ochos en una de las gargantas donde suelen dispararse buenas térmicas. Cuando llegué me puse a hacer eso mismo a media altura entre ambos. Después de unos cuantos ochos logré engancharme a algo suave pero constante. El parapente que estaba encima de mí también la trincó, y juntos comenzamos a remontar lentamente.

Justo cuando llegué a la altura del camino bajaban las chicas con el coche y Rosa con los niños en la furgo. Saludito de rigor pero sin despistarme mucho, que la cosa no estaba como para andar perdiendo térmicas. Después de más de diez minutos girando el parapente y yo habíamos llegado a… ¡la altura del despegue! Poco más de 1200 metros, pero que sabían a gloria. Ya podía aterrizar feliz, con esa térmica ya había tenido mi remontada del día.

Tonteando por el risco logré ganar algo más de altura y tiré hacia el despegue para probar de nuevo por allí. Por la zona del despegue pasé sin pena ni gloria y llegué de nuevo al morrete del campo de fútbol. Esta vez tuve más suerte y por encima de las barbacoas que están en el camino logré trincar la mejor térmica del día, o por lo menos la que más alto me subió. La giré con casi toda la tensión metida después de un buen rato, techazo: 1450 metros.

Con esa altura probé suerte por la cuerda pero no encontré nada, por el despegue tampoco, por los riscos tampoco, salí hacia el pueblo y poca cosa, así es que poco después me vi en una situación similar a la inicial. Dos parapentes (uno de ellos yo diría que el mismo de la primera ocasión) sujetándose con las burbujitas de la sur y yo por allí a todo trapo de un lado para otro buscando algo. Pero esta vez no hubo suerte y terminé por enfilar hacia la campa.

Aterricé por primera vez con la Lites en la oficial. El viento estaba perfecto y esta vez no tenía escusa para no hacerlo. Aproximé haciendo ochos y me mantuve todo lo que pude con las manos en la barra de control, subiéndolas a los montantes cuando ya tenía el ala cerca del suelo en el planeo final. Empujón y aterrizaje perfecto para mi gusto. Ojalá termine pillándole bien el punto y haga muchos así este año.

Al final una horita y media de paseo con la Lites completando un vuelo que me ha recordado mucho al penúltimo del año pasado, muuu rico también aquel… ¡¡¡vuelete!!!

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Domingo 30 de octubre de 2011, Pedro Bernardo.

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El día era muy parecido al anterior, pero mejor. Más cúmulos, más altos y más metidos en el valle. Y por suerte… más gente!

Con Pepe, listos para salirAdemás de Fernando, Pana y otros parapentistas estaban Pepe y Carmen, Lobo, Andrés y Félix. Eso sí, los únicos con ala éramos Pepe y yo. Lobo había quedado con Félix para ver como se podría llegar a hacer un despegue de este al lado del de oeste.

Salió primero Pepe. El ala le hizo un extraño durante la carrera y me avisó de que el viento estaba traicionero. Comenzó girando algunas cosas suaves cerca del despegue pero poco después se hundió y estuvo a punto de irse abajo. Por suerte pudo trincar en la sur ya por debajo del segundo camino. Logró ponerse bastante alto y planeaba hacia la cuerda de la derecha del despegue cuando despegué yo.

Buena carrera y buena picada para salir con velocidad y evitar sorpresas, muy “pro” todo ello, y para seguir en ese plan me puse a girar ahí mismo, delante del despegue. Gané un poco de altura y tiré por el brazo de la derecha hacia el campo de fútbol. La cosa estaba mejor que el día anterior y desde allí en un ratito estaba con Pepe cerca de las nubes y unos 2000 metros.

Con Pepe a unos 1900

Con Pepe a unos 1900

Con esa altura me tiré por la cuerda hacia El Cabezo donde había permanentemente un grupete de nubes pocos metros por encima. Justo antes de llegar al puerto trinqué otra térmica con la que subí hasta ellas, a unos 2200, y en ese momento comenzó la parte más bonita del vuelo.

El Cabezo entre nubes IILas nubes tenían el tamaño justo para entrar en ellas sin agobios, ya que era muy raro completar un giro sin salir a un claro. Tiraban muy poquito, pero por todos los sitios y la sensación era muy muy agradable, entrando y saliendo de las nubes permanentemente. Una verdadera gozada. Lo más parecido a lo que sugiere el verbo volar, como si el hecho de jugar con las nubes hiciese más explícito que estábamos en el cielo.

Todo el día había habido una callecita de nubes por Cabeza Aguda, la sierra que baja desde El Cabezo hacia La Abantera. Desde donde estaba, en medio de tanta nube, no podía verlo (se podría decir que “las nubes no me dejaban ver la calle”) pero Pepe me confirmó que seguía ahí, así es que con unos 2300 puse rumbo La Abantera.

San Esteban y VillarejoBajando por allí la vista del valle de las cinco villas era espectacular, aunque desgraciadamente las fotos no pudieron hacer justicia a aquel paisaje porque el sol lo teníamos de cara. Girando cada cosita que me encontré por el camino llegué al puerto de Pedro Bernardo con unos 1900. Sin embargo ahí se acababan las nubes ni por el puerto ni por la propia Abantera había nubes, así es que decidí volver hacia “la zona coca-cola” (los riscos de la derecha del despegue).

Pepe ya no estaba por allí, y cuando le pregunté me confirmó que estaba aproximando para aterrizar. Estuve un ratito por allí ganando altura y me tiré al valle. Llegué hasta el río con unos 1000 metros y el vario no había dicho ni “mu” durante todo el planeo. Di media vuelta y puse rumbo a la campa, y acto seguido, como si para llevarme la contraria, el vario se puso a pitar.

Fue otro pequeño regalito de este fin de temporada tan generoso, este sí ya posiblemente el último de todos. Casi un cuarto de hora girando algo con la tensión a tope que apenas me levantó cien metros.

Cuando dejé aquella delicia, resistiéndome a ir a aterrizar sin más, fui hacia las naves que hay cerca del antiguo aterrizaje, al lado de la carretera de Buenaventura antes de llegar a la gasolinera. Y el caso es que algo me pitó por allí, pero no tenía mucha altura y al final decidí tirar hacia el aterrizaje con algo de altura para poder ver la manga.

Viento, al igual que el día anterior, muy flojo casi cero, y aterrizaje en la misma línea. Eso sí, esta vez no estaba solo en la campa, tenía buena a la par que entretenida compañía. Eso sí, Pepe y Carmen se marcharon en seguida porque no hacían puente.

Antes de desmontar hice esta foto a la Lites donde se puede apreciar la entrada del frente que posiblemente suponga, ahora ya sí, el final de esta temporada.

Ala, encina y frente

Ala, encina y frente

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Sábado 29 de octubre de 2011, Pedro Bernardo

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La previsión era incierta, de norte pero con vientos flojos, y quizás por eso ningún otra cometa apareció por allí ese día, espectacular por cierto en cuanto a claridad y profundidad en el paisaje. Cuando llegamos al despegue no había nadie pero cuando terminé de montar aparecieron Pana, Fernando y un amigo con sus parapentes.

Todo el despegue para las chicas y yo

El viento en el despegue estaba muy flojito, con ratos de calma total. Las rachas, cuando entraban, entraban tanto cruzadas de sur, como bien enfrentadas, como cruzadas de norte. Con el ala ya montada, después de un rato de calma, entró una racha suave de atrás. Por suerte fue una excepción a la regla.

Aunque había cúmulos por la cuerda estaba claro que la actividad era muy escasa y débil. Decidí salir detrás de los parapentes para tener más referencias. Despegué bien, con una buena carrera, y tiré hacia la izquierda donde estaban ellos.

Pana, que se había ido en busca de la térmica del campo de fútbol, se había quedado muy bajito y estaba girando una cosita muy suave encima de los tejados del pueblo. Yo estaba tonteando cerca de la ladera y decidí salirme en busca de su térmica.

La cogí con bastante altura sobre él y gracias a eso no nos molestamos, porque la térmica era sutil como ella sola: después de diez minutos girando en ella había logrado ganar 180 metros, poniéndome ligeramente por encima del despegue a una media de +0,3m/s… una gozada en realidad, anticipo de lo que sería el resto del vuelo.

Con la deriva me había acercado al pico de la térmica del campo de fútbol y me quedé por esa zona buscándola. Era todo tan suave que quién sabe, quizás la trinqué y la solté varias veces. Al final mantuve los giros de algo que parecía mejor que lo demás y me fui metiendo hacia atrás sin ganar demasiada altura. Al final la dejé y continué hacia el despegue rascando la ladera y vuelta a empezar.

Esta vez tiré hacia la ladera sur y allí trinqué la mejor térmica del día… un +2m/s!!! Con ella me puse a algo más de 1600 en la vertical del Risco. Se habían formado unas nubecitas en los primeros riscos que hay en la cuerda que sube a la derecha del despegue hacia El Cabezo.

La cuerda con nubesFui a por ellas, pero me faltó determinación a la hora de meterme en la cuerda a buscar sus ascendencias, y me quedé girando una cosita muy suave en el risco de la derecha del despegue, posiblemente demasiado alejado de las nubes. No tenía mucha fuerza pero era ancha y se podía girar muy plano. No gané mucha altura, y en lugar de seguir peleando por allí decidí volver a salir al campo de fútbol sin demasiada fortuna. Estaba claro que no era el día del campo de fútbol.

Volví a la ladera sobrevolando el pueblo y antes de llegar comencé a girar otro “cero coma” con el que me entretuve un rato. Sin ganar demasiada altura, bastante por debajo del despegue, tiré de por segunda vez hacia la sur.

Esta vez iba más bajito y no logré encontrar nada hasta casi el final de la falda sur, encima de una pared de roca que hay por debajo del segundo camino. Lo mismo, “cero coma” pero girable con cuatro dedos y muy planito, necesitando cinco minutos para ganar 70 metros a una media de +0,23m/s. De coña.

De ahí al aterrizaje con otro cerito por el camino. Aunque tenía intención de entrar en la oficial la manga totalmente caída me hizo cambiar de opinión y al final entré en la de al lado. Buen aterrizaje, con un par de pasos tras el empujón final, perfecto para mí con viento cero.

Un vuelo muy agradable para lo justas que estaban las condiciones. Lástima no haber sido capaz de trincar esas nubecitas, pero bueno, otra vez será.

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