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Sábado 26 de julio de 2008, Alto Rey.

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Subimos por la mañana al despegue de Arcones y la cosa pintaba regular. El viento estaba más bien de atrás y al igual que el día anterior estaba lleno de parapentes participando en el campeonato de España. Siendo el cumpleaños de mi padre y de mi abuelo no podíamos quedarnos allí esperando a que el viento cambiase. Teníamos que llegar con tiempo a la cena en Muriel). Por otro lado las rachas que pudiesen entrar ocasionalmente serían aprovechadas por grupos de parapentes en la última o penúltima manga de competición a los que sería mejor no molestar.

Así es que decidimos ir al Alto Rey que, además de tener orientación sur, estaba a menos de media hora de nuestro objetivo final para ese día.

Llegamos al despegue pasadas las cinco de la tarde y despegué sobre las seis aproximadamente. Las rachas que entraban comenzaron a ser cada vez más flojas y tuve que hacer una larga e intensa carrera para despegar. Tras hacerlo y durante un período bastante prolongado no atravesé ascendencia alguna. Me marqué un planeo de caída en línea recta hacia el aterrizaje al que parecía predestinado inevitablemente.

Cerca de la vertical de la campa nos entró una pequeña ascendencia a la que tratamos de agarrarnos con sables y dientes. Sin embargo no terminábamos de ganar altura con ella y decidí abandonarla. Antes de abrir el arnés todavía nos encontramos con un par de ellas más parecidas a la primera, muy suaves y, bien por malo, bien por rotas, no hubo forma de sacarles mucho rendimiento.

Sin embargo ya con el arnés abierto y planteándome la aproximación final nos entró por el plano izquierdo una térmica que por inercia comenzamos a girar a derechas. El resto las habíamos girado a izquierdas. Quizás por esta aunque posiblemente por alguna otra razón, ésta térmica estaba funcionando bastante mejor que las anteriores. La deriva me estaba arrastrando poco a poco hacia la otra gran campa que hay cerca de la sierra, en las proximidades de Gascueña de Bornova, cuyo único inconveniente respecto de la “oficial” es que hay que dar más vuelta con el coche para llegar hasta ella.

Aunque tenía más fuerza que las anteriores tampoco se trataba de “un termicón” y sin haber alcanzado la altura del despegue la deriva ya me había metido prácticamente encima de Gascueña. Eso sí, parecía que se iba animando por momentos. Cuanto más arriba mayor era la ascendencia. Para cuando llegamos a la altura de lo que sería la cima del Ocejón, a unos dos mil y pico metros, cuatrocientos sobre el despegue, ya se trataba de “una señora térmica”. Un poquito más arriba, cómo no, me encontré con una pareja de buitres que nos ayudaron a mantenernos más cerca de su nucleo y meternos en la nube subiendo a más de 4 metros por segundo. Estábamos a más de 3100 metros… ¡yuuuuuuuuuuuuuhuuuuuuuuu!

Después de estar casi aterrizado es una gozada verte tan alto. Bien, pues tensión a tope y planeando hacia Las Navas de Jadraque. Era un pelín tarde para lograr hacer la ruta hasta los llanos de Sacedoncillo que comentaba en el post de mi anterior vuelo allí. Pero todo lo que nos acercásemos a Muriel sería terreno ganado. Al darme cuenta de las posibilidades reales de la altura que teníamos cambié ligeramente el rumbo hacia la derecha para tirar en línea recta hacia Zarzuela de Jadraque. Por detrás el pantano de Alcorlo y San Andrés del Congosto. A la derecha la cara de Valverde del Ocejón, el pantano de El Vado, los llanos de Tamajón y el pantano de Beleña… los rayos del sol ya camino del horizonte no me dejaban ver con claridad lo que quizá eran las casas más altas de Muriel. Además de los tres pantanos mencionados, a la izquierda, antes Siguenza, pude apreciar otros dos más cuyos nombres no conocía (Pálmaces y El Atance). Y el cielo con bastantes cúmulos, también como no en la dirección hacia la que nos dirigíamos la U2 y yo. En dos palabras: im-presionante.

Antes de llegar a Zarzuela el variómetro comenzó con su dulce melodía: “pí, pí, pípí”. Para terminar de adornar la escena a unas decenas de metros por debajo de nosotros una rapaz nos dibujaba con sus giros la térmica en la que acabábamos de entrar. Con ella nos pusimos de nuevo a unos tres mil y seguimos nuestro rumbo hacia Veguillas.

En las proximidades de Veguillas giramos cositas que parecían avisar de que al sol le quedaba poco tiempo por allí. Tenían un diámetro bastante grande pero apenas se ganaban metros. Alcancé unos 2600, 200 más que con los que había lleguado allí. Finalmente decidí poner rumbo hacia Monasterio, si bien pronto me di cuenta de que con esa altura podría llegar sin problemas hasta Arbancón. De camino dejé a la izquierda Cogolludo y Fuencemillán, y al fondo, ya más cercanos, La Muela y El Colmillo. A la derecha la sombra de la Sierra Gorda no me dejaba encontrar Fraguas, el pueblo abandonado al que subíamos con las bicicletas desde Muriel para coger “palolú” y alucinar con la bajada a toda velocidad desde allí de vuelta hasta el pueblo. No me lo podía creer, estaba allí, muy cerca de todos aquellos recuerdos.

En Arbancón giré algunas cositas suaves con las que no ganamos mucha altura pero que me sirvieron para alargar un poquito aquel dulce momento. Me di cuenta de que alcanzando allí los tres mil metros podría llegar sin dificultad a los llanos de Sacedoncillo sobrevolando Muriel.

Me dirigí hacia una campa cercana al pueblo que desde el cielo parecía perfecta para aterrizar. Al llegar tuve que echarle imaginación para encontrar la forma de entrar en la misma, ya que estaba rodeada de cerros de poca altura que complicaban la aproximación. Finalmente aterricé sin problemas en ligera contrapendiente pasadas las ocho de la tarde tras dos horas de vuelo.

De allí me recogieron mis hermanos Roberto y Ana y a las nueve estábamos en Muriel preparados para la celebración. Un día perfecto, la verdad.

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