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Sábado 6 de octubre de 2012, Pedro Bernardo

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Alas montadas en el el despegue oesteNos juntamos una buena tropa, y eso que no estaban varios de los habituales (como Armando, Juan, Piris o Lobo). Subimos a la oeste el Pirata, los Julios, los Carlos, Pinacho, Antonio “lechón”, Luismi, Procu, Pepe, Mario, Javi “yunquera” y yo. En total 13 pilotos, pero entre unos pocos le hicimos la gañanada del día al Pirata que se quedó sin volar (nos equivocamos de Litespeed al cogerla del local y encima la que subimos no tenía barra de control).

Viento fuertecillo pero no turbulento de suroeste, nubes en la montaña por debajo de la cuerda a unos 1900 a las que no era nada fácil subir. Pusimos una prueba imposible, Mijares-Higuera-Antenas-La Igle para las condiciones que había. Julio Sancho se quedó entre Mijares e Higuera, en las campas que hay entre La Adrada y La Igle. Julio “bomber”, “parapen” y yo aterrizamos en La Igle. Javi “yunquera”, Pepe y Carlos “ex-discus” en la campa del pilón de Casavieja. El resto tomaron en la oficial.

Yo estuve a punto de tomar en la campa de Casavieja. Con Carlos “parapen” hice la transición hasta Mijares después de girar juntos lo mejor para mí hasta ese momento que nos subió a algo más de 1800 en los picos previos a Miravalles (el Risco Flores, de 1731m). De camino, antes de la cascada, di unos cuantos giros a algo muy suave y subí hasta las barbas de la nube, por encima de los 1900. Entre Mijares y Casavieja con Carlos logré coger de nuevo casi 1800, pero buscando algo mejor para saltar hacia La Igle me quedé a unos 1300 que mantenía con facilidad pero que no lograba superar por más que lo intentaba. Por encima de mí “parapen” se volvió a poner a 1800 y tiró para La Igle.

Por debajo de mí estaban Javi y Pepe y casi a mi misma altura pero más al este Carlitos. Vi aterrizar en el pilón a Javi, luego a Pepe, y Carlitos se salió hacia el aeródromo y se mantenía girando ceros sobre ellos pero dijo por la radio que aterrizaría con ellos. Yo seguía intentando sin éxito ganar más altura sobre los pinos del Mogote (1372m) y todo apuntaba a que aterrizaría allí también.

Alas aterrizadas en el Egido de La IgleEl vario me decía que con los 1300 que tenía llegaba a La Igle con 20. Muy justo, pero confiaba en encontrarme algo por el camino. Y el caso es que no trinqué nada, pero tampoco perdía mucho, se planeaba muy bien por el valle y el vario según me acercaba mejoraba su cálculo, quedándose entorno a los 70 metros. En otras circunstancias hubiese dado media vuelta, pero las condiciones eran muy estables y confiaba en llegar si era necesario a la campa que hay cerca de la carretera entre La Igle y el cruce de Casavieja. Pero no hizo falta y finalmente llegué con la altura que me decía el vario… eso sí, ¡apretándolo todo! 😀

Sobrevolé el mesón para hacer una aproximación en U quedándome un pelín bajo en el giro final, pero con velocidad suficiente para hacerlo con seguridad y terminándolo bastante bien tratándose de La Igle.

Vuelete muy sutil y otoñal, preludio del fin de la temporada. Espero que se alargue todavía un poquito y nos de alguna que otra alegría más… ¡¡¡Jumilla nos espera!!!

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Domingo 15 de julio de 2012, Alto Rey.

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Tenían que pasar casi 20 años para que se cumpliese el sueño que me llevó a comenzar a volar: sobrevolar Muriel. En más de una ocasión he comentado mi obsesión por acercarme a esta zona, salvaje y bonita como ella sola, que tantos recuerdos tiene para mí. Muchos veranos bañándome en las aguas del Sorbe, dejándome caer con la bici por sus carreteras empinadas, jugando al rescate por las calles del pueblo, dando largos paseos río arriba, hacia el Pozo de los Ramos o río abajo, hacia el Pantano de Beleña (o antes, hacia la Ermita que este tapó).

Precisamente fue yendo y viniendo a este pueblo cuando, al pasar entre Humanes y Cerezo de Mohernando, veíamos mosquitos gigantes en el cielo de un cerro. Los mosquitos resultaron ser alas delta pilotadas por personas, y más tarde pude saber que el cerro era La Muela, una de las cunas del vuelo libre.

El fin se semana no tenía muy buena pinta a priori, pero siendo mediados de Julio no había que tirar la toalla hasta el final. El sábado daban oestes moderados y en el Alto Rey estaría demasiado cruzado para salir. El domingo daban vientos muy flojos de noreste por la mañana metiéndose, muy muy flojos en las horas centrales del día, girando a noroeste moderado por la tarde. O sea nortes, pero cero a mediodía.

Con esa previsión y teniendo que elegir por motivos familiares solo uno de los dos días, opté por arriesgarme y apostar directamente por el domingo. Es más seguro apostar por el sábado, ya que si sale malo siempre puedes lloriquear para ver si te dejan probar suerte también el domingo. Pero decidí jugármela, relajarme y disfrutar del sábado con Sara, mis padres, mi abuela y, principalmente, jugando con mis hijas.

Tenía claro que si existía alguna posibilidad volar ese domingo en el Alto Rey no podía tostarme, así es que me levanté temprano, desayuné a lo bestia para olvidarme de comida hasta después del vuelo, viendo que la previsión no había cambiado mucho y que, tal y como esperaba, con esos vientos en Barajas los aviones estaban entrando por el sur (con esa configuración es bastante raro que un avión sobrevuele el Alto Rey y la zona del Ocejón).

Puse rumbo a Bustares y pronto pude ver que a esas horas en el Alto Rey ya se estaban formando cúmulos muy chulos. Al llegar coloqué una manga en la campa “de las afueras” y otra en la campa de “las adentros”, que utilizan normalmente los parapentes y que con viento de suroeste o noreste es una buena opción también para las alas.

A las doce y poco estaba en el despegue. La manga estaba de sureste, pero una cinta colocada en uno de los postes rojiblancos para la nieve que hay a los lados del camino estaba de noreste. Bajé del coche y al acercarme hacia el despegue entraba una racha con la que se podía salir perfectamente, un poco cruzada de la izquierda pero válida. Al volver al coche para bajar el ala me asomé por la cara norte… y allí también estaba entrando bien, cruzado de la derecha, pero bien. Resumiendo, estaba de este muy flojo y subían rachas térmicas por ambos lados de la montaña. En aquel momento aquel era el único punto de la sierra en el que se estaban formando y deshaciendo cúmulos constantemente. Había que montar y salir antes de que las rachas se definiesen de atrás, como estaba previsto.

Mientras montaba subieron tres moteros y una pareja con un niño y una niña. Los moteros se quedaron conmigo pero la familia se subió a ver la ermita. Los moteros se fueron pero la familia, que bajó de la ermita cuando estaba terminando de montar se quedaron a verme despegar, y si lo finalmente lo hacía me bajaban el coche a Bustares (¡gracias!).

Ya colgado y preparado para salir el viento estaba prácticamente a cero, y cuando entraba alguna racha era muy cruzada de este. En un par de ocasiones miré una lomita que hay más a la derecha, más allá de la manga, mejor orientada aparentemente para ese viento. Pero no era el momento para experimentos y preferí correrla desde donde estaba cuando me entrase medianamente enfrentado. El problema era que cuando estaba medianamente enfrentado era con muy poca fuerza, y bueno, había que echarle valor para salir así. Se lo eché y a punto estuve de arrepentirme.

Según el vario era la una y veinte cuando finalmente corrí todo lo que pude y el ala comenzó a volar, pero lo hizo planeando muy cerca del suelo. Además se orientó hacia el viento girando un poco a la izquierda haciendo que el plano izquierdo llegase incluso a rozar ligeramente con algún arbusto. Yo ya tenía las manos en la barra de control y para corregir el rumbo empujé a tope echándome hacia la derecha y el ala, sin hacer ninguna brusquedad, giró suavemente a la derecha se alejó de la montaña. Y yo respiré sin entender muy bien como había podido salir así de bien de aquella situación. Posiblemente no teníamos velocidad suficiente para que ese empujón tuviese mayores consecuencias. O quizás la Litespeed es una pedazo de madre y me salvó de una buena torta.

En definitiva, sustazo de los buenos, que espero que al menos me sirva para no volver a hacer algo así nunca más. Cometí el error de dejarme llevar por la presión de la familia, que llevaba bastante rato esperando a que despegase. Estuve a punto de dar la vuelta al ala, darles las gracias y decirles que no me bajasen el coche, pero al final por aprovechar su ofrecimiento estuve a punto de hacerme daño.

Ya en vuelo, después del obligado resoplido, lo primero que pensé fue: “mamón, por lo menos haz que este susto haya valido para algo”. E inmediatamente después entramos en una térmica bastante agradable que me ayudó a hacer borrón y cuenta nueva… ¡a girar! Aunque era relativamente pronto la cosa ya estaba funcionando de maravilla y enseguida llegué a la nube.

Puse rumbo hacia la cuerda que hay entre el Alto Rey y el Ocejón que baja de norte a sur desde Aldeanueva de Atienza hasta La Nava de Jadraque, pasando por El Ordial y Arrollo de las Fraguas. Entre estos dos últimos pueblos, hace poco descubrí una campa que desde el suelo tiene bastante mejor pinta de lo que parece desde el aire. Tiene una gran encina en medio, pero alrededor de ella hay espacio suficiente para tomar casi en cualquier dirección (de este es estrecha y ligeramente cuesta abajo). Esa zona aparece en los mapas como El Rorró.

Encima de Arrollo de las Fraguas trinqué una cosa suave que fui derivando hacia atrás, llevándome hacia el norte y hacia a la vertical de la cuerda. Se estaban empezando a formar unas nubes en su parte más alta (y bonita), a la altura de Aldeanueva de Atienza, por lo que decidí ir adentrándome según iba ganando altura, tranquilo sabiendo que si la cosa se torcía podía llegar sobrado a la campa de El Rorró.

Pero no hizo falta. Cuando pensaba que esas nubes no estaban funcionando todo lo bien que a mi me hubiese gustado me enganchó un pepinazo que era incapaz de girar sin que en un punto del giro me levantase el plano hasta colocarme el ala prácticamente vertical. La perdí antes de llegar a la nube pero ya muy cerca de ella. Con esa altura desde ahí veía claro, y el vario me confirmaba, que podía “saltar” el Ocejón. Así es que puse rumbo Valverde de los Arroyos, sobrevolando La Huerce y Umbralejo y el nacimiento del río Sorbe, un sinfín de meandros en una zona preciosa pero eso sí, sin campas de ningún tipo en muchos kilómetros a la redonda.

Y antes de llegar a Valverde, aunque muy posiblemente podría haber pasado por encima del Ocejón sin problemas sin necesidad de girar nada más, me rajé. Hay que tener el corazón de un caballo para hacer ese salto. Tenía altura suficiente, el viento perfecto, y ahora tengo claro que además por el camino hacia el Ocejón me habría encontrado con buenas térmicas… pero no me atreví a terminar esa aventura. Así es que puse rumbo sur hacia La Nava de Jadraque sobrevolando la cara oeste de la cuerda por la que había subido. Primer intento fallido, todavía habría algunos más.

Al terminar la cuerda, justo antes de llegar a La Nava de Jadraque, el vario comenzó a pitar. Otra térmica guapísima con la que gané bastante altura pero que perdí antes de hacer techo. Con la altura que gané tiré hacia el Cerro Santotís (1560m) desde donde esperaba volver a trincar, y quizás, si ganaba la suficiente altura, saltar hacia Tamajón.

Antes de llegar a la vertical de Santotís entré en una zona en la que parecía cocerse algo, así es que me quedé por allí tanteándola. No tuve suerte y finalmente, ante la ausencia de campas por allí retrocedí de nuevo hacia el cerro que hay entre La Nava y Semillas, el Cerro Mermequero (1495m). Ese fue mi segundo intento fallido.

El Cerro Mermequero funciona de maravilla, por ahora no me ha fallado nunca. Llegué a su vertical con unos 200 metros sobre él y pepinazo. Estaba empezando a descartar llegar a Muriel y me planteaba coger al menos altura suficiente para volver a Bustares. Pero finalmente me subió lo suficiente como para que me animase a volver a probar suerte al Cerro Santotís. Esta vez me acerqué mucho más su vertical, pero no trincaba nada por allí, y de nuevo me puse nervioso por la ausencia de campas y volví hacia atrás. Tercer intento.

Volviendo, justo al atravesar la zona que en la segunda intentona había notado caldeadita, trinqué algo que parecía ya más prometedor. Sin embargo me costaba mucho centrarlo y a ratos subía bien, a ratos muy poquito. Gané bastante altura con ella, unos 800 metros, pero ya sí que estaba cansado de rondar Santotís y puse rumbo Alto Rey para cerrar el vuelo.

Sin embargo, a veces basta que uno tire la toalla para que de repente todo se de la vuelta. Poco después de poner rumbo a las campas de Bustares me entró otra térmica con la que gané 500 metros más, y con esa altura pensé, “venga, el último intento”.

La transición hacia la vertical de Santotís la hice perdiendo muy poca altura y poco después de pasarla adentrándome en la Sierra Gorda el vario comenzó a pitar de nuevo. Unos giritos con los que gané 300 metros y lo mejor, me derivaron de noreste, acercándome más a mi objetivo. El vario me decía que con esa altura llegaba a Tamajón con 900 metros, y ya no lo dudé… ¡¡¡adelante!!!

En esa transición con el viento aparentemente en cola el vario en ocasiones me decía que llegaba a Tamajón con más de 1000 metros, así es que me relajé del todo y en lugar de dirigirme hacia Tamajón cambié mi rumbo un poquito hacia la izquierda, para sobrevolar Muriel, mi viejo sueño.

Y allí estaba, disfrutando como un enano, porque encima aquello era una fiesta de térmicas potentísimas con las que me adentré un poquito en el pantano. Una pasada. Ahora me arrepiento de no haberme quedado un poquito más por allí y haber puesto tan rápido rumbo hacia Tamajón. Por el camino girito sobre Sacedoncillo para volver a verlo todo… guapísimo.

Si no trincaba nada el vuelo ya había sido un éxito. Desde allí estaba viendo Retiendas, el Pantano de El Vado, por el norte todo el valle hasta Majaelrayo, por el sur La Mierla, Beleña y al fondo La Muela. En Tamajón hay campas muy buenas y en mi casa estaba pasando el día mi hermano, que subiría a por mí encantado, y por supuesto disfrutaríamos de unos botellines de esos que saben a gloria. Pero en la vertical de Tamajón había una térmica muy muy guapa esperandome, con la que gané unos 800 metros… y claro pensé: “y si vuelvo al Alto Rey?”.

Puse rumbo hacia Almiruete, otro pueblo precioso, y como no podía ser de otra forma, en la vertical del Pozo de los Ramos, trinqué otra térmica. El vario me decía que llegaba a la campa de La Nava de Jadraque con 1000 metros de altura… ¡¡¡adelante!!!

Sin embargo esta transición no fue tan gozosa. Según avanzaba hacia La Nava el vario iba quitándole metros a su estimación inicial: 900… 750… 600… y campas en ese tramo, cero. Bueno cero no, hay algo que no me atrevo a llamar campa una en una zona llamada El Llano de la Choza, que precisamente para ese viento ofrecía su mejor versión (alargada de noreste a suroeste, con pendiente en contra hacia el noreste, de donde parecía soplar el viento).

Pero no me hizo falta, por el camino me encontré un cero que, dadas las circunstancias decidí girar. Poco a poco fue ganando fuerza y con ella fui ganando altura suficiente para llegar sobradamente a La Nava. Próximo objetivo: Bustares.

Curiosamente la última térmica había comenzado derivándome de sureste pero rápidamente comenzó a hacerlo de suroeste, así es que enseguida gané la vertical de La Nava, después la de Arroyo de las Fraguas y tenía altura suficiente para llegar a Bustares. Con ese viento y esa altura me puse como objetivo chulo llegar al despegue del que había salido. Me acerqué bastante pero según lo hacía tenía la sensación de que iba viento en cara, como si estuviese norte. Me dio cosa meterme en el sotavento y antes de llegar giré a la derecha hacia Bustares buscando las mangas que había puesto por la mañana.

La manga de la campa “de las adentros” no llegaba a verla bien, en su vertical tenía más o menos la altura del despegue. Tiré hacia la campa de “las afueras”, a la que llegué con una altura que me permitió ver perfectamente que estaba de… ¡noroeste!. Esa campa con ese viento nunca la había aterrizado y me parecía que era mucho mejor opción las que están al lado de esta más cerca del pueblo, al otro lado de los árboles. Con ese viento eran perfectas.

También estaba muy bien orientada otra en la que tomé hace un par de años que tiene un abrevadero y es ligeramente cuesta abajo hacia el suroeste, pero para el viento que había tenía buena pinta. No sabía si llegaba a esta así es que me dirigí hacia ella mirando con el rabillo del ojo las del pueblo por si veía que finalmente me quedaba corto, pero por el camino atravesé una termiquita que me permitió llegar a ella sin problemas.

Un ocho y aterrizaje fácil con un viento más fuerte que el que yo esperaba, pero manejable.

Vuelaco de 4 horas y 50 minutos con el que batía mi récord de duración y, lo más importante, cumplía un viejo sueño. Ahora toca buscarse otro… a por el Ocejón!!! 😉

Track del vuelo

P.D.: Este vuelo se lo dedico como no puede ser de otra forma, al tío Gabi, granaíno de pura cepa con el que espero volver a volar muy pronto en el Alto Rey.

Viernes 5 y lunes 8 de septiembre de 2008, Castejón de Sos.

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Tuca de Urmella (2532m)Siempre estará mi recuerdo como una de las zonas de vuelo más sobrecogedoras de todas las que he conocido. Porque lo es, pero además porque la primera vez que volé en ella me pilló en un momento en el que, aunque llevaba ya unos años volando, todavía no conocía lo que era hacerlo entre montañas de estas dimensiones. Fueron unas vacaciones inolvidables junto a Matilde, Fidel y Ricardo en las que empezamos volando en Arangoiti (Lumbier, Navarra), seguimos haciendo lo propio en Loarre (Huesca) para terminar en este popular valle de la Ribagorza. Aquel verano de 1996 siempre lo recordaremos también por la tragedia que tuvo lugar a pocos valles de aquel, en el camping Las Nieves de Biescas. Aquella misma tarde nosotros cuatro nos cobijábamos de las tormentas en nuestras tiendas de campaña, también en un camping situado a pocos metros de un río… los móviles todavía no eran de uso generalizado y la cabina del camping Alto Ésera tuvo pocos minutos de descanso hasta bien entrada la noche. Pero bueno, volvamos al post, que enseguida “me voy por las nubes”.
Ambos vuelos fueron similares en cuanto a duración (cerca de la hora y media), techo (las nubes estaban a 2700 el viernes y a 2800 el lunes), máximas ganancias (sobre los 3 m/s) y rumbo (hacia delante en busca de la Sierra Calva y lento retroceso hacia el aterrizaje (sobrevolando el Congosto del Ventamillo y Chía ) tras llegar a la vertical de Gabás con unos 1.800 metros). En ambos me metí ligeramente en las nubes y en ambos compartí ratos con los buitres de la zona. Sólo el comienzo y el final fueron claramente distintos.

En el primero no tardé ni en despegar ni en trincar poco después a la derecha del despegue. El lunes sin embargo un viento muy flojo nunca quería soplar bien orientado, y recorrí con el ala a cuestas prácticamente todo el despegue, bajando cada vez más en busca de una mayor pendiente. En un momento dado logré salir corriendo mucho con una racha que tampoco fue ninguna maravilla. Fue correcto, sobre todo teniendo en cuenta la baja densidad que tiene el aire a los más de 2.300 metros de altitud que tiene este despegue.

Ésera entrando al Congosto del VentamilloAmbos aterrizajes fueron en la campa oficial, pero el viernes tomé de sur y con viento racheado, mientras que el lunes lo hice de norte prácticamente con viento cero. Tal y como había decidido en el vuelo de Baltar, volé con un lastre de 3 kilos saliendo además con litro y medio de agua en la camelback. Este peso adicional me pilló desprevenido en el primero de los aterrizajes en el que, dada mi falta de experiencia “lastrado”, terminé hincando las rodilleras debido a la inercia de mi “nuevo” peso. En el segundo, ya prevenido, logré tomar sin perder la vertical a pesar del viento cero que aplastaba la campa.

En estos vuelos por fin pude hacer algo que llevaba tiempo intentando pero que hasta entonces no había logrado todavía a bordo de la U2: ¡¡¡fotos!!!

Aunque no logré salir del valle y llegar Campo como soñé desde alquilamos allí la casa, fueron vuelos los dos de los que se te quedan grabados para siempre, incluso sin fotos.

El Turbón y el collado de...

Espero volver antes de que pasen otros doce años.

Sábado 9 de agosto de 2008, Alto Rey.

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Mi cuñada y yo nacimos el mismo día, el 7, del mismo mes, agosto, del mismo año, 1973. El jueves había sido pues nuestro cumpleaños y decidimos celebrarlo en familia el domingo en Muriel. Quedaba así el sábado como un día ideal para volver al Alto Rey si las condiciones acompañaban. Y acompañaron.

La calle de nubes pasaba justo por encima del despegue y hacia el sur no había ni una sola condensación hasta la A-2. Monté por encima del camino porque el terreno estaba menos seco en esa zona. Mientras montábamos llegó una pareja catalana cuyo Mercedes empezó a echar vapor por el capó al poquito de parar el motor. Según me contó Sara, intentaron bajar después con el motor parado, pero el coche así apenas frenaba y finalmente tuvieron que dejarlo en la base militar abandonada y bajar con ella hasta Bustares.

El despegue fue posiblemente el peor que he realizado hasta la fecha con la U2, o al menos el menos controlado. ¿Motivo? Como me di cuenta poco después de despegar, me había olvidado de quitar la tensión que había puesto casi a tope en el montaje. Y sumado a esto el viento estaba ligeramente cruzado de la derecha. Nada más comenzar la carrera el ala se me desvió ligeramente hacia la derecha encarándose al viento y, ante mi sorpresa, mis correcciones no modificaron para nada dicho rumbo. Por suerte no había en nuestro “nuevo” camino ningún obstáculo y despegamos sin mayores consecuencias.

La cosa estaba muy bien, enseguida nos colocamos por encima de las antenas y después de un rato rastreando la zona una térmica nos subió hasta la nube justo en la vertical de la ermita. Todo iba viento en popa de cara a conseguir mi eterno objetivo: altura casi record para mí, unos 3400 metros, y recién despegado con toda la tarde por delante (serían las tres y media, más o menos). Así es que sin más puse rumbo hacia Zarzuela de Jadraque ya que con la altura que tenía llega perfectamente hasta sus campas.

Al llegar ya tenía la mosca detrás de la oreja: el planeo hasta allí había sido plácido y agradable. No habíamos atravesado ningún tipo de turbulencia de esas que hacen pitar al vario que suelen tener una térmica más cerca que lejos. Sin embargo al llegar a Zarzuela, con unos 2000 metros, el vario comenzó a marcar una ascendencia, suave, pero algo es algo. La giré con mucha paciencia y pude ganar unos cien metros antes de dejarla en busca de algo mejor. Fue el principio de una larga estancia sobre Zarzuela.

Una estancia que rondó las dos horas y en la que estuvimos subiendo y bajando cual yoyó entre los 2000m que comentaba y los 1700m. El estancamiento básicamente venía dado por los 5 km sin aterrizajes que hay entre Zarzuela y Veguillas. En condiciones ideales, estando las campas a unos mil metros de altitud serían suficientes 1500 para llegar, es decir, 500 sobre ellas (considerando una fineza de 1:10, un metro que pierdo, diez que avanzo). Pero las condiciones no eran ideales: el viento lo tenía totalmente enfrentado, lo que me restaría avance sobre el terreno en una proporción directamente proporcional a su fuerza. Pero mi altura estaba ahí y en ocasiones pensaba que podía llegar sin dificultad y en otras que no merecía la pena arriesgarse.

Y en principio ganó el “ángel” conservador. En el enésimo regreso desde el pinar hacia Zarzuela, dos horas y pico después de haber despegado, decidí aterrizar en la campa más segura de las que había visto por allí. Pero cosas del vuelo, basta que tires la toalla para que finalmente te salga ese otro plan que tanto tiempo habías deseado.

Cuando ya estaba planteándome abrir el arnés, a unos 1200 metros, atravesamos una térmica a la que no pude decir que no. Parecía distinta, más fuerte que todas las anteriores. La giramos y la deriva nos fue desplazando de nuevo hacia atrás, hacia Zarzuela. Según ganábamos altura la fuerza iba disminuyendo y parecía más de lo mismo. Al final la sensación que me dejó es que era exactamente igual que las otras térmicas y que simplemente a esa altura, más abajo, la ascendencia era más fuerte. Pero esta nos dejó a unos 2200m en la vertical de Zarzuela. Por enésima vez pusimos “rumbo Veguillas”.

Teníamos unos 1200m de desnivel para recorrer los 6 km. que nos separaban de las campas de Veguillas. Parecía suficiente y finalmente lo fue. Llegamos unos 300 metros por encima de las campas y todavía jugueteamos por las faldas de la Sierra Gorda con alguna termiquilla antes de tomar en una de ellas. Me había metido la cámara en el arnés para hacer fotos desde el ala, pero una vez en colgado me resultó imposible sacarla. Para matar el gusanillo le hice una a la campeona allí aterrizada:

U2 en Veguillas

Después, antes de que hubiese terminado de plegar llegaron Ana y Rober con una sorpresita: Jose María. Mojamos el encuentro con unos botijos (¡a 70 céntimos!) en un (el?) bar de Veguillas.

Sábado 26 de julio de 2008, Alto Rey.

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Subimos por la mañana al despegue de Arcones y la cosa pintaba regular. El viento estaba más bien de atrás y al igual que el día anterior estaba lleno de parapentes participando en el campeonato de España. Siendo el cumpleaños de mi padre y de mi abuelo no podíamos quedarnos allí esperando a que el viento cambiase. Teníamos que llegar con tiempo a la cena en Muriel). Por otro lado las rachas que pudiesen entrar ocasionalmente serían aprovechadas por grupos de parapentes en la última o penúltima manga de competición a los que sería mejor no molestar.

Así es que decidimos ir al Alto Rey que, además de tener orientación sur, estaba a menos de media hora de nuestro objetivo final para ese día.

Llegamos al despegue pasadas las cinco de la tarde y despegué sobre las seis aproximadamente. Las rachas que entraban comenzaron a ser cada vez más flojas y tuve que hacer una larga e intensa carrera para despegar. Tras hacerlo y durante un período bastante prolongado no atravesé ascendencia alguna. Me marqué un planeo de caída en línea recta hacia el aterrizaje al que parecía predestinado inevitablemente.

Cerca de la vertical de la campa nos entró una pequeña ascendencia a la que tratamos de agarrarnos con sables y dientes. Sin embargo no terminábamos de ganar altura con ella y decidí abandonarla. Antes de abrir el arnés todavía nos encontramos con un par de ellas más parecidas a la primera, muy suaves y, bien por malo, bien por rotas, no hubo forma de sacarles mucho rendimiento.

Sin embargo ya con el arnés abierto y planteándome la aproximación final nos entró por el plano izquierdo una térmica que por inercia comenzamos a girar a derechas. El resto las habíamos girado a izquierdas. Quizás por esta aunque posiblemente por alguna otra razón, ésta térmica estaba funcionando bastante mejor que las anteriores. La deriva me estaba arrastrando poco a poco hacia la otra gran campa que hay cerca de la sierra, en las proximidades de Gascueña de Bornova, cuyo único inconveniente respecto de la “oficial” es que hay que dar más vuelta con el coche para llegar hasta ella.

Aunque tenía más fuerza que las anteriores tampoco se trataba de “un termicón” y sin haber alcanzado la altura del despegue la deriva ya me había metido prácticamente encima de Gascueña. Eso sí, parecía que se iba animando por momentos. Cuanto más arriba mayor era la ascendencia. Para cuando llegamos a la altura de lo que sería la cima del Ocejón, a unos dos mil y pico metros, cuatrocientos sobre el despegue, ya se trataba de “una señora térmica”. Un poquito más arriba, cómo no, me encontré con una pareja de buitres que nos ayudaron a mantenernos más cerca de su nucleo y meternos en la nube subiendo a más de 4 metros por segundo. Estábamos a más de 3100 metros… ¡yuuuuuuuuuuuuuhuuuuuuuuu!

Después de estar casi aterrizado es una gozada verte tan alto. Bien, pues tensión a tope y planeando hacia Las Navas de Jadraque. Era un pelín tarde para lograr hacer la ruta hasta los llanos de Sacedoncillo que comentaba en el post de mi anterior vuelo allí. Pero todo lo que nos acercásemos a Muriel sería terreno ganado. Al darme cuenta de las posibilidades reales de la altura que teníamos cambié ligeramente el rumbo hacia la derecha para tirar en línea recta hacia Zarzuela de Jadraque. Por detrás el pantano de Alcorlo y San Andrés del Congosto. A la derecha la cara de Valverde del Ocejón, el pantano de El Vado, los llanos de Tamajón y el pantano de Beleña… los rayos del sol ya camino del horizonte no me dejaban ver con claridad lo que quizá eran las casas más altas de Muriel. Además de los tres pantanos mencionados, a la izquierda, antes Siguenza, pude apreciar otros dos más cuyos nombres no conocía (Pálmaces y El Atance). Y el cielo con bastantes cúmulos, también como no en la dirección hacia la que nos dirigíamos la U2 y yo. En dos palabras: im-presionante.

Antes de llegar a Zarzuela el variómetro comenzó con su dulce melodía: “pí, pí, pípí”. Para terminar de adornar la escena a unas decenas de metros por debajo de nosotros una rapaz nos dibujaba con sus giros la térmica en la que acabábamos de entrar. Con ella nos pusimos de nuevo a unos tres mil y seguimos nuestro rumbo hacia Veguillas.

En las proximidades de Veguillas giramos cositas que parecían avisar de que al sol le quedaba poco tiempo por allí. Tenían un diámetro bastante grande pero apenas se ganaban metros. Alcancé unos 2600, 200 más que con los que había lleguado allí. Finalmente decidí poner rumbo hacia Monasterio, si bien pronto me di cuenta de que con esa altura podría llegar sin problemas hasta Arbancón. De camino dejé a la izquierda Cogolludo y Fuencemillán, y al fondo, ya más cercanos, La Muela y El Colmillo. A la derecha la sombra de la Sierra Gorda no me dejaba encontrar Fraguas, el pueblo abandonado al que subíamos con las bicicletas desde Muriel para coger “palolú” y alucinar con la bajada a toda velocidad desde allí de vuelta hasta el pueblo. No me lo podía creer, estaba allí, muy cerca de todos aquellos recuerdos.

En Arbancón giré algunas cositas suaves con las que no ganamos mucha altura pero que me sirvieron para alargar un poquito aquel dulce momento. Me di cuenta de que alcanzando allí los tres mil metros podría llegar sin dificultad a los llanos de Sacedoncillo sobrevolando Muriel.

Me dirigí hacia una campa cercana al pueblo que desde el cielo parecía perfecta para aterrizar. Al llegar tuve que echarle imaginación para encontrar la forma de entrar en la misma, ya que estaba rodeada de cerros de poca altura que complicaban la aproximación. Finalmente aterricé sin problemas en ligera contrapendiente pasadas las ocho de la tarde tras dos horas de vuelo.

De allí me recogieron mis hermanos Roberto y Ana y a las nueve estábamos en Muriel preparados para la celebración. Un día perfecto, la verdad.

Sábado 12 y domingo 13 de julio de 2008, Piedrahita.

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No termino de entender por que no vuelo más en Piedrahita. Hacía por lo menos tres o cuatro años que no volaba allí. En aquella última ocasión Julio y yo aterrizamos ni más ni menos que en Villalba después de más de cuatro horas volando juntos (*). Y aunque aquello fue y es todo un récord para mí, mi porcentaje de buenos vueletes despegando desde Peña Negra es sin duda muy alto.

Volando allí en pleno mes de julio la media no podía empeorar.

La mañana del sábado 12 se presentó bastante cubierta de nubes. De camino hablé con mi padre y me comentó que en Muriel (en el norte de Guadalajara) estaba lloviendo con alegría. Aún así seguimos adelante. Al otro lado del túnel del Puerto de los Leones el panorama no mejoraba mucho: un cielo bastante oscuro que dejó caer algunas gotas en nuestro limpiaparabrisas. Temiéndonos lo peor llamamos a Carlos que sabíamos que andaba por Piedrahita. Si estaba mal quizá habrían decidido moverse a algún otro sitio. Hablamos con él y nos dijo que, aunque también estaba cubierto, tenían esperanzas de que abriese. Debo admitir que me pareció muy optimista en aquel momento.

Sin embargo a partir de Ávila el cielo parecía estar abriéndose, sobre todo por la vertiente norte de las sierras de la Paramera y de Villafranca. Cuando llegamos a Piedrahita lucía un sol espléndido y unos cuantos parapentes ya estaban en el aire.

En el despegue había bastante viento y racheado lo que, además de ponerme en tensión de cara al despegue (mis peores despegues hasta el momento con la U2 han sido con viento), hizo que aquel fuese el montaje más desagradable de todos los que le he vivido con la U2. Por suerte su quilla ya era 28cm más larga que la original.

Finalmente el despegue no fue tan complicado como pensaba. Con la ayuda de Eva y Pato y siguiendo las instrucciones de éste último (al que había conocido poco antes en el pueblo) esperé una racha floja y corrí manteniendo el ala picada en todo momento. Fue un buen despegue.

El fuerte viento hizo que desde el principio estuviese bastantes metros por encima del despegue. Sin embargo la deriva al girar me hacía complicado ganar el techo sin meterme demasiado atrás. Y cuando abandonaba la térmica me costaba bastante volver a salir al valle, perdiendo prácticamente todo lo ganado. Tras tres o cuatro térmicas abortadas decidí salirme más al valle para permanecer más tiempo en ellas. Aproximádamente en la vertical de Navaescurial comencé a girar la que me llevó hasta la nube, a unos 3200 metros.

Impresionantes las vistas del valle de atrás en los últimos giros de dicha térmica, con el Almanzor dominando el horizonte por la derecha y el Puerto del Pico a la izquierda (con el viento que había daba la sensación de que se pudiese llegar al mismo de planeo). El aire estaba bastante limpio y más al fondo se llegaba a distiguir incluso la Sierra de San Vicente.

Con dicha el techo pero de nuevo en la vertical de la cuerda tiré de nuevo hacia el valle, pero esta vez con mi vista puesta en la nube más cercana en dicha dirección. A la altura de San Miguel de Corneja comencé a girar su ascendencia para coger el techo de nuevo, pero esta vez a la altura de la 110, o lo que es lo mismo en el valle.

Teniendo el aterrizaje debajo de mí (al lado de la escombrera que también Eva y Pato se encargaron de que encontrase antes de despegar) y con esa altura decidí darme una vuelta por los pueblos del valle y, en este orden, sobrevolé Mesegar de Corneja, Bonilla de la Sierra, Becedillas, Malpartida de Corneja. Siguiendo el rumbo de la espiral que trazan los pueblos mencionados pasé por encima de Palacios de Corneja y Casas de Sebastián Pérez, desde donde puse rumbo hacia el aterrizaje, en el medio del valle, después de más de dos horas y media en el aire.

Llegué con mucha altura y tuve tiempo de sobra para estudiar el terreno y, junto con los datos y consejos que por radio me dió Julio “el de Ávila”, planear la aproximación. Lo que no me esperaba ni pude ver desde lejos fue un montículo de tierra de más de un metro de altura mimetizado en el centro de la campa. Y como Murphy no descansa, de todos los metros de ancho que tenía la campa mi trayectoría en el planeo final era directamente hacia la joroba mineral.

En el último momento piqué hacia el montículo empujando inmediatamente después para “saltarlo”. Mi pie derecho llegó a tocar con su cima, pero por suerte el obstáculo ya había quedado atrás y el aterrizaje terminó sin mayores consecuencias.

El domingo amaneció despejado con algunos pequeños cúmulos formándose a media mañana. Sin embargo cuando subimos, sobre la una más o menos, ya no había ninguna nube y los parapentes que estaban volando no parecían ganar mucha altura. Más bien todo lo contrario. Un par de ellos aterrizaron cerca de la carretera en medio de la ladera para volver a subir (a uno de ellos que hacía dedo le hicimos un hueco para ahorrarle el paseo de vuelta al despegue).

Arriba estaba ya Vento, de sobrevoar.com, un Lisboeta la mar de majo que conocí el día anterior. Eso sí, tenía su LiteSpeed (totalmente blanca, por cierto) todavía cerrada ya que, según él, las condiciones del día todavía tenían que mejorar. Era cierto que la capa de inversión parecía estar a la altura del despegue y que los parapentes que se quedaban por debajo de esta no lograban ya remontar.

Sin embargo mi norma (desde que soy papi) es entretenerme lo imprescindible los domingos: despegar pronto (o no volar) para llegar a Madrid a una hora decente que nos permita darle un bañito a la peque y hacer el “aterrizaje” en casa lo más suave posible. Corría el riesgo de aterrizar también prontito en la campa de la escombrera, pero es lo que tocaba.

Y estuve cerca. Nada más despegar gané algo de altura y enseguida tiré hacia el morrete de la derecha (Moros dice el mapa que se llama, con 2065 metros). Pero las descendencias eran bastante fuertes y no tardé en perder la altura ganada. Peleé un poco cerca de la ladera para intentar remontar sin mucho éxito y al final decidí salir al valle, ya por debajo del despegue. A cierta distancia un parapente giraba algo que poco después resultó ser mi salvación. Me puso a 2400 metros, lo que a la postre resultaría ser mi techo, y con esa altura seguí por la cuerda hacia el Puerto de Villatoro. Mi objetivo era avanzar por la N-110 rumbo Madrid aterrizando lo más cerca posible de la carretera para no complicar mucho la recogida.

Pero el día no estaba para nada generoso en lo que a la calidad de las térmicas se refiere. Había bastantes ascendencias, pero tan débiles que la mayoría las abandonaba por aburrimiento. Por otra parte las descendencias tampoco escaseaban y al mínimo descuido perdía lo que me había costado minutos ganar.

Con esto en mente decidí relajarme y tratar de mantenerme el mayor tiempo en cualquier ascendencia, por raquítica que fuese. Así fue la que giré mientras la deriva me desplazaba sobre Navacepedilla de Corneja. Después de decenas de giros y tranquilamente un cuarto de hora la ascendencia parecía terminar, de nuevo a unos 2400 metros. Sólo el hecho de que durante casi toda la térmica me acompaño un parapente lo hizo un poco menos duro. Con dicha altura puse rumbo al Puerto de Villatoro.

En el camino atravesé no pocas descendencias que me hicieron localizar los posibles aterrizajes cerca de Casas del Puerto de Villatoro. Pero, como no, la mayoría venían acompañadas de alguna ascendencia con la que mantener la esperanza de cruzar el puerto. Sin embargo no lograba ganar con ellas ni siquiera los 2400 de los que venía. Ante la ausencia total de aterrizajes en el puerto di marcha atrás para volver hacia las campas Casas.

Pero en el camino de vuelta volví a trincar algo que parecía más fuerte y mejor que las anteriores, o al menos eso me quería creer yo. Y girándolo volví a adentrarme en el puerto, y volvió a abandonarme con poca altura, y volví a retornar a Casas. Y así, al menos tres o cuatro veces.

Pero el que la sigue la consigue y por fin con una térmica logré alcanzar algo más de 2400 en la ladera a la altura del puerto (punto en el cual además escuché a David “Potato” volando allí, en Piedrahita, hablar con Pepe que estaba volando en Pedro Bernardo). Desde ahí ya decidí no volver a volver a Casas y tiré hacia el Valle de Amblés, con Ávila de los Caballeros esperándome al otro lado.

A Ávila no llegué, me quedé a unos 12km., en El Quinto Pino, tres horas y cuarto después de haber despegado. Pero sólo ya lograr cruzar el puerto hizo que el vuelo fuese todo un éxito. Nada más cruzarlo llegué a Pradosegar desde donde decidí abandonar la sierra (de la Paramera) para seguir por la N-110. Sobrevolé Muñana, desde donde pude ver también San Juan del Olmo, pueblo del que guardo muy buenos recuerdos. Ya por allí un dolor bastante desagradable en el dedo gordo de mi pie izquierdo comenzaba a no dejarme disfrutar del vuelo.

El dolor en el dedo fue en aumento hasta comenzar a convertirse en algo muy desagradable. Entre La Torre y Muñogalindo decidí aterrizar. Ya estaba a unos cien metros del suelo con el arnés abierto cuando una térmica bastante fuerte me hizo abortar el aterrizaje. La comencé a girar sin mayor intención que la de no entrar en la campa con su influencia, pero era bastante fuerte y en poco tiempo estaba de nuevo con dos mil y pico metros. Pero el dolor seguía ahí, así es que decidí seguir planeando sobre la N-110 y aterrizar lo más cerca de Ávila posible.

Y así es como llegué hasta Aldealabad, una pequeña población al lado de Padiernos (justo al otro lado de la carretera) en la que aterricé en una campa inmensa sin ninguna dificultad. Como a 200 metros tenía un restaurante llamado El Quito Pino donde, tras un par de tragos a una fría jarra de cerveza, di por finalizado el vuelo.

Un gran vuelo… ¡grande Piedrahita!

(*) No puedo contar esto sin dar las gracias de nuevo a las dos personas que aquel domingo se hicieron cargo del coche y la furgo para que nosotros pudiésemos disfrutar de aquella experiencia sin perder nuestros trabajos al día siguiente. Sonia, Sara, gracias, gracias, gracias. Todavía os debemos esa cena. Vergüenza nos debería dar… y nos la da 😉